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Arte a luca y a mil

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La deficiente difusión del último festival Antofagasta a Mil, lo que redundó en una baja asistencia – más notoria en espacios abiertos – es sólo un signo de lo que viene pasando hace un tiempo con este tipo de festivales o iniciativas sin arraigo local.

Los equipos que los organizan, si bien están integrados por excelentes profesionales, son efímeros, reclutados a última hora y para la ocasión, por lo que en tiempos acotados intentan reproducir un fiel reflejo de las versiones originales (creadas a nivel central) cumpliendo “correctamente” con lo anunciado a sus auspiciadores y patrocinadores, mas no a los públicos. Sí, en plural. Porque si dijéramos “el” público, tal vez podría entenderse que sean los mismos personajes de siempre quienes nos encontramos en cada obra, concierto, pasacalle o exposición. Pero ¿qué pasó con el discurso de la democratización, el acceso, las nuevas audiencias, el desarrollo territorial, generación de redes, economías creativas sustentables, etc.? Del que, por cierto, todos se cuelgan.

Todo parece indicar que los presupuestos que se manejan a nivel de producción local no son proporcionales a los recursos que estos megaproyectos culturales obtienen a través de diversas fuentes de financiamiento o, en su defecto, no serían utilizados con la eficiencia que se espera.

Como dato, tan sólo por concepto del Proyecto “Festival Internacional Santiago a Mil Extensión a Regiones”, presentado por Fundación Teatro a Mil al Comité de Donaciones Culturales, Resol 2113, ya aprobado y en ejecución, podrían haber recibido más de $1.000.000.000 en cada versión, lo que en su mayoría es contribuido por Minera Escondida, eso sin contar medianos auspiciadores, los aportes del Estado a través de la misma Ley (recuérdese que la empresa privada deja de pagar más del 50% de impuestos por concepto de esa donación) fondos del CNCA, el FNDR, municipios y el copago que hace el público porque además hay obras en las que cobran entrada.

Si su curiosidad resiste, les invito a que investiguen cuánto más es lo que recoge la iniciativa Puerto de Ideas, organizada por la fundación del mismo nombre o la Productora Plagio por Antofagasta en Cien Palabras (copia del concurso de minicuentos capitalino).

Cualquiera podría inferir que descubierto un exitoso modelo de negocio, sumado a la fuente de financiamiento dispuesta a cumplir con su “responsabilidad social” y una sobrevaloración de lo que “viene de afuera”, tenemos la triada perfecta para invisibilizar la actividad cultural y a los actores culturales de nuestro propio territorio, que paradojalmente son los encargados del desarrollo local.

Si bien, se agradece la oportunidad que nos dan de tener acceso a espectáculos o a personalidades que, supuestamente, sólo pueden ser admirados en Europa, Asia, Norteamérica o Santiago de Chile ¿por qué no confiar más (y en este caso, confianza significa apoyo concreto) en organizaciones y personas que residiendo en la región logran levantar propuestas en cultura, artes, ciencia y tecnología con igual o mejor impacto? Estoy segura que si los organizadores del ya histórico festival de teatro Zicosur o del festival Identidades o la Fiesta de la Ciencia de la UA (Explora), Antofadocs, Festival de Todos o la FILZIC, entre tantos otros, contaran con esos recursos, sabrían perfectamente qué hacer y cómo para que los públicos regionales accedan convencidos, identificados, participativos a lo nuevo y a lo propio.

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