El síndrome de la canción de hielo y fuego

El síndrome de la canción de hielo y fuego

Es una especie de infección contagiosa. Lo de “La Canción de Hielo y Fuego” es un virus transmisible casi más peligroso que las mordeduras de los zombies de “The Walking Dead”. Y no digo “Game of Thrones” con ese spanglish tan obtuso que tenemos los chilenos simplemente porque prefiero quedarme con el epónimo original de George R.R. Martin para dedicarle unas líneas a esta serie que me atrapó desde el primer capítulo, aunque con algunos recaudos.

Es cierto que después de ocho años, esta aventura de HBO tiene fans tan acérrimos como los de “Star Wars”, “Star Trek” o “Fast & Furious”, si se permite semejante comparación. Quizás esto sea porque la serie es una mezcla bastante extravagante aunque bien lograda de elementos que una vez vi muy bien definida en un artículo como una especie de combinado entre “El Padrino” y “El Señor de los Anillos”; una fábula llena de brujas, oráculos, magia, dragones y destinos trágicos con los condimentos propios de la saga de Puzo: traiciones, sed de poder, sangre a borbotones y personajes que se debaten entre decisiones que los hacen navegar indistintamente el bien y el mal, héroes convertidos en villanos y viceversa sin una brújula de valores demasiado clara, en donde la pertenencia a una familia y a un estandarte es un sacrosanto vínculo que permite casi cualquier brutalidad.

Si a eso se le suman medidas dosis de sexo, tienes un producto que llegó a ocupar un vacío gigante en la televisión, plagada en aquella época pre-Netflix de productos excesivamente realistas, vampiritos adolescentes, mujeres mirándose el ombligo para descubrir qué son y para dónde van, la suntuosidad de la realeza o el exceso de los años 50; un vacío que los fanáticos de la fantasía buscábamos obsesivamente en el cable si encontrarlo, a menos que tuvieras lucas para pagar el SyFy.

Los creadores de este “Juego de Tronos” se la jugaron y, gracias a sus buenos millones de dólares, lograron traspasar a la pantalla parte de ese oscuro universo de Martin. Y si bien no se diferencia mucho de “Breaking Bad” o “Mad Men” respecto de la retorcida moral de sus personajes, quizás solo vista en “The Shield” o “The Wire”, sí marcó un antes y un después al sobrepasar por lejos los presupuestos de “X Files”, “CSI” o “Lost” para lograr una puesta en escena magnífica, llena de efectos especiales que a veces consumen a sus personajes que, dicho sea de paso, en no pocas ocasiones son consumidos por la magnificencia del entorno en que están dispuestos, desdibujándolos, haciéndolos incluso un tanto débiles y hasta inútiles considerando también las dificultades propias de adaptar una obra literaria gruesa y contundente a la pantalla chica.

Recién el 2019 podremos ser testigos de lo que ocurra con los destinos de sus grandes personajes: Cersei, Tyrion, Jon y Danaerys enfrentados en la madre de todas las batallas para descubrir quién se queda con el codiciado trono de hierro, pero también de sus personajes menores, aunque no menos atractivos, ¿o acaso me van a decir los fans que no esperan con ansias un duelo entre los hermanos Clegane? O saber cuál es rol que cumple Bran Stark en toda esta maraña de acciones que hacen que “El Príncipe” de Macchiavello parezca una lectura infantil, y que más nos recuerdan ciertos hechos de la política actual en donde la lealtad se compra o se vende y las alianzas parecen más logias turbias que transan poder a cualquier costo.

Bueno, quizás por eso la “fantasía” de este “Juego de Tronos” nos tiene a millones expectantes porque al fin y al cabo, que se haya convertido en un vicio, creo que tiene relación directa con el reflejo de una realidad en donde ya no hay héroes ni villanos.

 

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