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Los importantes desafíos de la Seremi de Cultura de Antofagasta

Columna de Carla Redlich, ex Seremi de Cultura de Antofagasta

Durante los primeros meses de este año, hemos sido testigos de las desafortunadas declaraciones de la actual ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Alejandra Pérez, en diferentes medios escritos de circulación regional y nacional. Desde su evidente desconocimiento del campo artístico y cultural chileno, su valoración de la “cultura del espectáculo”- cuestionada por los propios artistas- hasta la escasa apropiación de iniciativas propuestas por su sector político, como por ejemplo, lo señalado sobre una de las medidas del programa de gobierno de Sebastián Piñera, el Vale Cultura, afirmando en un diario regional: “tengo hijos de esa edad, sé que tú le das un vale cultura para ir a ver una cuestión y la venden. Esa cuestión hay que promoverla mucho más en los niños”.

Pues bien, esta iniciativa, mal copiada y pegada de la política pública de cultura de Brasil, que desde el 2013 beneficia a los trabajadores brasileños con un subsidio cultural que se recibe a través de su salario y que tiene una amplia gama de posibilidades de uso, tuvo una “versión chilena”, que ya fue analizada durante la administración de Luciano Cruz Coke, y desechada en esa oportunidad. ¿Puede la titular de la cartera, desconocer cosas tan básicas como esta?

Es de esperar que la autoridad regional en este ámbito goce de mayor sapiencia, pues no es menor la tarea que el nuevo órgano ministerial debe asumir en Antofagasta. Desde el año 2016, múltiples instancias reunieron a los actores culturales de la región para construir la nueva política cultural (2017-2022), que señala los principales ejes de trabajo para este período, en atención a lo ya realizado y a las necesidades y potencialidades que presenta este territorio.

Fundamental entonces, es que tanto la Secretaría Regional Ministerial de Cultura, con todo su engranaje, así como el campo artístico y cultural de la región, hagan de este documento letra viva, exigiendo el cumplimiento de lo ahí trazado, aunando esfuerzos para ello. Si bien no estamos hablando de un instrumento que se caracterice por conformar lo que se ha llamado política de sustrato (y no de aparato, como señalaba Manuel Antonio Garreton), hay oportunidades concretas para hacer de este un período que asuma brechas y resuelva necesidades (haciendo bien la pega, por supuesto). Veamos:

  • Se inicia la anhelada y demandada construcción del Centro Cultural de Sucre 444. Lata historia de desaciertos que ofrece al municipio la oportunidad de implementar y accionar un espacio que responda a las nuevas audiencias, ya distantes de lo que arrojaban los espacios de participación ciudadana de hace 10 años, cuando se comenzó a gestar este proyecto. No sólo salas de ensayo y clases son las que deben dar vida a este lugar, sino también programas que contemplen las diferentes formas de apropiación y de interacción que niños y jóvenes tienen con respecto al arte y la cultura. Espacios integrados, vivos, rizomáticos, que incorporen plataformas tecnológicas a las ya tradicionales formas de mediación. Acciones que visibilicen y aproximen a los creadores y artistas regionales (riqueza creativa y gestora que ya se quisieran otras regiones) a los públicos locales.
  • Continuar con el trabajo que cuestiona centros y periferias creativas, fomentando el ejercicio del arte en los barrios y comunas fuera de la capital regional. El pensamiento binario y las falsas dicotomías en cuanto a creación, deben abandonar la concepción que se tiene del arte “de calidad”, pues tanto en los espacios codificados para la práctica artística (centros culturales, museos, teatros) como en aquellos informales (juntas de vecinos, casas de cultura barrial) se pueden desarrollar ejercicios estético- políticos dignos de apreciar.
  • Miremos lo que está pasando en el entorno. Además de los creadores y gestores “consagrados” (que, de todos modos, por muy consagrados que sean deben salir a batallar por presupuesto constantemente) se producen fenómenos que resignifican las prácticas artísticas tradicionales, que dan nuevos tintes a lo patrimonial, que se atreven a irrumpir en el espacio que todos transitamos (bienvenidos AntofaPatrimonial, Colectivo Delincuencia, Otra volá es la calle, Teatro en Tiempos de Guerra y más…).

Para terminar, ciudadanos y ciudadanas del campo artístico – cultural, en la reflexión que este espacio me permite, insisto en algo que señalé a varios, hace algunos años atrás: por favor, ¡Uníos! Existen temas de base que estructuran este campo y que deben ser revisados y modificados por los propios protagonistas del sector, temas que la institucionalidad no resolverá jamás si no son los propios protagonistas – trabajadores, gestores, artistas – los que articulen redes y estrategias para hacer que en este país OCDE de casitas de cartón, la cultura pase de ser un bien suntuario a un derecho, como bien lo señala la política que hoy nos rige.

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