Daniel Martínez “Domo” estudió guitarra clásica durante su adolescencia y al terminar la enseñanza media en su familia estaba la idea de que los músicos se mueren de hambre. Su padre quería que siguiera sus pasos en la ingeniería y su madre lo instaba a ingresar en alguna carrera ligada a la salud. Cursó dos años de periodismo y luego tres de ingeniería comercial cuando irremediablemente se sintió atrapado en un mundo al que no pertenecía. A espaldas de sus padres rindió nuevamente la Prueba de Aptitud Académica y con el puntaje necesario postuló a Música en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
Tras acudir a la oficina de su papá con la malla curricular en mano, éste le expresó su descontento y le respondió: “haz la hueá que quieras, pero hazlo bien”. Un año después y viendo las excelentes notas de su hijo, su padre le pidió perdón, momento en el que el cantautor de ahora 49 años sintió un despegue en sus aspiraciones.
Luego de formar parte de los “Puppon’s” y por inquietudes creativas individuales decidió lanzar su carrera musical en solitario. Este año Domo cumple dos décadas de trayectoria como músico independiente que fusiona el rock y el pop con toques folclóricos, estilo que el 2008 lo llevó a la competencia folclórica del Festival de Viña del Mar.
Las canciones que compone son un registro de su vida. Su último sencillo, “Resistiéndome”, nació por una decepción personal que trajo el periodo pospandemia. “Se supone que todos nos habíamos dado cuenta de un montón de cosas, como que el ser humano es lo más importante. Pero se abrieron las puertas, salimos a trabajar y se acabó todo. En la canción hablo de esa desilusión”, explicó.
Este sábado 21 de febrero Domo se presentará en Bardos, espectáculo que abrirá la banda Otro, instancia en la que, junto a Pablo Llorente en el bajo, Mauricio Marín en guitarra y Rodrigo Carmona en batería repasará sus 20 años de carrera.
- ¿Cómo ha sido este viaje de dos décadas?
Ha pasado rápido, pero cuando miro las canciones hechas, cada una de ellas es como la foto de un momento y veo la gente que estaba, la gente que se ha ido. Ahí es donde observo que sí ha pasado harto tiempo.
- ¿Qué cambios notas desde que comenzó tu carrera como solista?
Hace 20 años venía saliendo de la escuela de música con un montón de ideas. Por ejemplo, el primer disco es muy híbrido en cuanto a estilos, tiene un poco de música clásica, había una primera búsqueda para encontrar un estilo, marcar la pauta del proyecto que todavía no estaba definida y que poco a poco se fue estableciendo. Ahora siento que tengo una línea de composición, he tomado razón de cómo compongo, algo que no tenía en esos años y que ha sido una búsqueda muy bonita.
Antes me demoraba menos en hacer un disco o una canción, porque cuando uno es más joven hace las cosas nomás, existe un ímpetu, pero al ser más viejo, me demoro un montón porque soy más metódico. Tengo más herramientas y me demoro más y creo que eso tiene que ver con la madurez. Cada canción ahora equivale cinco o seis de antes, porque tienen demasiada cabeza, lo que antes no ocurría.
- ¿Cómo defines tu estilo?
Transito entre el rock, el pop y el folclore. No hablo de un rock tan pesado, ni de un pop tan comercial, sino que hablo más del sonido y cuando hablo de folclore es porque tomo algunos elementos como ritmos o tintes melódicos.
- Los artistas trabajan con sensibilidades, externas e internas. ¿La paternidad cambió algo en tu manera de componer?
Una característica de mi carrera es que todo lo que escribo es real, no tengo letras de ficción ni muchas metáforas. Hablo de cosas reales, de gente real y ser padre es una de las cosas que marca. Tengo un montón de canciones para mi hijo y si sigues la línea de tiempo de mis composiciones puedes ver perfectamente en qué momento fui papá.
- ¿Las canciones son un registro de tu registro de tu vida?
Podría decir que sí. En la película “El gran pez” queda la sensación de que lo que va contando el protagonista es mentira, pero al final llegan los personajes y todo era real. Algo que me gusta es que a veces estoy en alguna presentación y de pronto veo a una persona del público que aparece en alguna de mis canciones. Eso hace que la canción sea única, porque es para ese momento, para una persona, independiente de que cada uno pueda darle el sentido que desee.
Primeros pasos
- ¿De qué forma llegaste a la música?
Comencé a tocar desde muy joven, pero de manera autodidacta. En el Teatro Municipal estudié guitarra clásica un par de años, después salí del colegio y estaba todo el tema familiar de que los músicos se mueren de hambre. Así que de manera obligada estudié dos años de periodismo y tres años de ingeniería comercial, pero en el último año en esta carrera me sentí atrapado en algo que no tenía nada que ver conmigo. Así que en lugar de asistir a clases me iba a la biblioteca de la universidad a estudiar, porque quería dar la Prueba de Aptitud Académica una vez más.
En el año 2000 todo esto fue a escondidas de mis padres y cuando tuve el puntaje y había postulado, imprimí la malla curricular y fui a la oficina de mi papá. Le dije que no iba a clases en la universidad desde tal mes, que estuve estudiando, que di la prueba, que entraría a música y que esta era la malla curricular.
- ¿En qué trabajaba tu papá y qué respuesta te dio?
Mi papá era constructor civil y siempre quiso que siguiera su camino de ingeniero. Mi mamá era tecnólogo médico y quería que fuese por el lado de la salud. Finalmente, mi papá dijo una frase, “haz la hueá que quieras, pero hazlo bien”. Me fui a estudiar en la Universidad Católica de Valparaíso y ese primer año me fue muy bien, tuve prácticamente solo siete finales y mi papá después me pidió perdón. En ese momento sentí que despegué, porque ya tenía ese tema arreglado.
Tras terminar la carrera en Valparaíso volví a Antofagasta y luego hice un magíster en España, para retornar y quedarme acá definitivamente.
- ¿Cuándo decides iniciar tu carrera como cantante y compositor?
Tenía una banda que hasta hoy camino por la calle y me la recuerdan, los “Puppon’s”. Tocamos más de diez años haciendo rock pop de los 90 y también sacamos discos. Componía para la banda, pero me di cuenta de que hacía canciones que no tenían nada que ver con “Puppon’s”, porque me estaba metiendo un poco en el folclore de la Violeta Parra. Se trataba de una fusión con el folclore que antes nunca me había interesado. Cuando vuelvo de Valparaíso la banda ya estaba decayendo, algunos habían sacado sus carreras, estaban en otra y ahí pensé en sacar mi primer disco en solitario titulado “El Cruce”.
En ese disco había una canción que luego envié al Festival de Viña, para la competencia folclórica, la que titulé como “Ven a buscarme”. La mandé porque vi un aviso en la televisión para compositores y esta canción era muy buena, a la gente le gustaba mucho. Era una fusión de folclore con pop, la cual mandé sin ninguna fe y terminó siendo seleccionada. Ahí sentí la reafirmación de que este era el camino.
- ¿Qué recuerdos tienes del Festival Viña del Mar?
En el 2008 si eso no hubiese pasado, quizá habría seguido componiendo, aunque tal vez de una manera no tan seria, porque fue algo que reafirmó a todos que esto tenía sentido. Me llamaron para decirme que había quedado en la preselección y no sabía qué hacer. Pregunté si podía contarlo y no hubo problema. Aquí nadie me creía mucho, después tuve que ir a Canal 13 para la presentación donde estarían todos los compositores. Ahí estuve al lado de Florcita Motuda, que era mi ídolo, al lado de Juan Carlos Duque que conocía por mi mamá, de la Javiera Parra y mucha gente conocida y desconocida. Me hice amigos de los desconocidos y luego fue la participación con todo el trabajo que conlleva, como escribir las partituras para la orquesta y revisarlas con Horacio Saavedra. Recién había salido de la universidad y por eso fue una experiencia muy linda que marcó mi vida.
Procesos personales
- ¿Cuál es la etapa de tu vida que refleja la última canción que estrenaste el año pasado?
Mi última canción se llama “Resistiéndome” y tiene que ver con mi decepción pospandemia. Se supone que todos nos habíamos dado cuenta de un montón de cosas, como que el ser humano es lo más importante. Pero se abrieron las puertas, salimos a trabajar y se acabó todo. Hablo de esa desilusión.
Dentro de unas semanas saldrá mi nueva canción llamada “Atravesando el puente”. Todavía no quiero contar de qué se trata, es mucho más sentimental, más lenta. En mis últimas dos producciones ha participado mucha gente, las grabé en el estudio Las Salitreras en Santiago, junto con los productores “Fresco Fresco” y la masterización de Chalo González. “Atravesando el puente” tendrá un videoclip muy bonito y que está bajo la dirección de Denise Juárez.
- La tecnología ha cambiado mucho en 20 años, ¿cómo influye en la creación musical?
He pasado por varios proceso. Tuve la suerte de que el primer disco de “Puppon’s” lo grabamos en Santiago, en cinta, en un estudio de grabación analógica. Después me compré una mesa de grabación que tenía su memoria en un CD. Muchos antes para grabar estábamos con caseteras dobles, ahora pasamos a un computador y sin tocar ningún instrumento puedes crear una canción, está todo programado. Creo que eso tiene cosas buenas y malas, como todo en la vida.
Lo bueno es que puede hacerlo cualquier persona, lo malo es que no insta a tener un mayor conocimiento, porque el trabajo lo hace una máquina. También con la globalización tenemos acceso a todo y cuando eso ocurre finalmente no tenemos acceso a nada. Me acuerdo cuando visité el Museo del Louvre en París, era tan grande, había tantas obras, que al final me senté en el pasillo y no recorría nada. Ya no sabía qué estaba viendo, porque eran demasiadas cosas y siento que eso pasa con la globalización al músico independiente, entre tanto quedas ignorado y es difícil dar a conocer tu trabajo.
- ¿Qué tan complejo es para los artistas locales difundir sus creaciones?
Es muy difícil. Como ya soy un tipo más viejo no me interesa ser famoso, tengo otra visión de las cosas. Lo que hago es porque quiero tener canciones de calidad. Tengo gente que me sigue hace años y que espera algo mejor de lo que ya hice, así que me concentro en eso. Obviamente, a uno le gusta que haya nueva gente que lo escuche, pero no apunto a eso. Sin embargo, para los más jóvenes es muy difícil. Y la música como negocio cambió. Por ejemplo, puedes comprar seguidores de Instagram, pero es algo superficial, lo mismo pasa con playlist en Spotify. Algunas tienen más seguidores que otras y puedes pagar para que tus canciones entren en una de esas listas y te aseguran mil escuchas en una semana. Probablemente son computadores reproduciendo esa playlist todo el día, es una falsedad. Sin embargo, un periodista puede preguntarte cuántas escuchas mensuales tienes en esa plataforma y te valoran por eso. Es una construcción artificial.
Cuando era más joven quería ser famoso, pero tengo mi vida hecha, no ganaré más ni menos plata por estos cambios, lo que quiero hacer es algo bonito artísticamente.
- ¿Hay espacios para presentarse en Antofagasta y difundir el trabajo de los músicos regionales?
Es un tema que siempre ha sido de autogestión y eso no ha cambiado mucho en Antofagasta, que todavía tiene el sentido de que las salidas son para entretener y no para culturizar, a diferencia de otras ciudades. En Valparaíso, por ejemplo, sabes dónde tienes que ir para escuchar algo nuevo, en Santiago también. Vino un exalumno de Santiago que estudia música y me preguntó dónde podía ir a escuchar jazz aquí. Y la verdad es que no tenemos ningún lugar. Es una ciudad de tributos o de gente cantando cover porque las salidas son para entretener. Yo toco en dos bandas tributo y no lo hago por dinero, sino porque me gusta ese tipo de música, pero de igual manera hay que abrir espacio a la creación de los artistas regionales y en eso nos caemos siempre.
Al final si te lo propones todo depende de la autogestión, pero el formato es más complicado, porque no hay lugares destinados para esa función. Sin embargo, esta es nuestra ciudad, es lo que tenemos, como alguien dijo una vez, es un campamento minero donde la gente vuelve del trabajo, come, se entretiene y se va a dormir. Es algo muy difícil de cambiar.







