En medio de la discusión regional por un proyecto industrial ligado al hidrógeno verde y amoníaco, propuesto para instalarse en Paposo, el astrónomo y director del Centro de Astronomía de la Universidad de Antofagasta, Eduardo Unda-Sanzana, puso paños fríos a una idea que se repitió durante semanas: que “la astronomía frenó” una inversión por capricho.
“En el proceso de consulta ciudadana los astrónomos jugamos una parte importante, pero hubo muchos sectores de la sociedad civil que se manifestaron en contra o pidieron aclaraciones por distintas razones: temas patrimoniales, especies, calidad de vida”, sostuvo.
Aun así, reconoció que el componente astronómico fue el que más se instaló en la agenda pública. Y explicó por qué.
“No es solo lo lumínico”: polvo, turbulencia y vibraciones
Unda-Sanzana fue directo al corazón de la objeción: la ubicación.
“La ubicación del proyecto traía inevitablemente efectos que iban a ser negativos para la observación astronómica que hoy se realiza, y para la que se va a realizar cuando comiencen las operaciones del ELT en Cerro Armazones y del proyecto CTA”, señaló.
Y luego vino el giro que marcó la conversación: no se trata únicamente de luces.
“Lo lumínico es normalmente lo que hablamos en astronomía cuando nos quejamos de algún proyecto, pero hay varias externalidades industriales negativas que pueden afectar la operación de un observatorio: emisión de partículas de polvo, aumento de la turbulencia del aire, vibraciones de la operación misma de las plantas”, explicó.
El punto más gráfico fue el de la microsismicidad: el movimiento permanente del suelo que puede volver imposible calibrar instrumentos de ultra precisión.
“Empiezan a aumentar la microsismicidad del suelo… es como si estuviera un terremoto permanente tratando de calibrar aparatos que tienen que funcionar a escalas nanométricas”, comparó.
¿Paposo debe “quedarse como está”? No: “se pueden poner condiciones”
La entrevista también se metió en un dilema incómodo: si frenar ciertos proyectos implica condenar a Paposo a no desarrollarse.
Unda-Sanzana evitó el blanco/negro. Contó que participó en una comisión asesora del Ministerio de Ciencia (trabajo desarrollado entre abril y octubre del año pasado) y que allí se discutió si era posible establecer “zonas de exclusión” donde no se pudiera instalar nada. Pero, según relató, la línea que predominó —con respaldo jurídico— fue otra: no prohibir todo, sino definir condiciones y umbrales.
“Sí se pueden plantear condiciones, de manera que una actividad que cumpla con esas condiciones sí se puede desarrollar allá… el desafío para la industria es operar dentro de estas reglas y no alterar esas variables”, dijo.
Incluso puso un ejemplo clave para bajar la tensión: la discusión por la pequeña y mediana minería.
“Se generó inquietud… y la misma ESO salió a responder que ese tipo de actividades no tiene un impacto significativo”, recordó, planteando que la conversación no es “no se puede hacer nada”, sino no sobrepasar ciertos límites que arruinen las condiciones del sitio astronómico.
La crítica de fondo: Chile ha ido “reaccionando” tarde
Uno de los momentos de la entrevista fue cuando Unda-Sanzana transparentó su “decepción” con la forma en que Chile ha construido su marco de protección.
Relató una reunión internacional en Viena sobre la protección de cielos oscuros y comparó a Chile con países como Sudáfrica, que —según dijo— llevan décadas ordenando normativas, identificando lugares a proteger y bajando estándares desde leyes generales a regulaciones específicas.
En Chile, en cambio, su diagnóstico fue otro:
“Hemos reaccionado a problemas que se instalaron antes… pasa porque la regulación no es suficiente. Corrijamos la regulación”, resumió.
Ahí entregó un dato central de la conversación: el reconocimiento formal de la luminosidad artificial como contaminante en la institucionalidad ambiental es relativamente reciente (según lo expuesto por el entrevistado), y la tensión con proyectos industriales grandes terminó por evidenciar vacíos técnicos.
Fue entonces cuando lanzó una frase que explica gran parte del conflicto: “La empresa decía ‘estamos cumpliendo las reglas’, pero eran reglas que no reflejaban lo que hoy sabemos”.
Para graficarlo, usó una analogía potente: vender un material nocivo porque aún no está en el catálogo de tóxicos. “No está en la normativa que está mal, entonces lo vendo igual”, comparó, para explicar por qué empujaron revisiones que actualicen estándares a evidencia moderna.
¿La astronomía también genera “externalidad”? “Hoy la norma se justifica por salud y biodiversidad”
El conductor del programa puso una pregunta incómoda sobre la mesa: si la astronomía también impone restricciones que afectan la vida cotidiana (por ejemplo, la iluminación urbana) y, por tanto, genera una externalidad.
Unda-Sanzana respondió que entiende el punto, pero matizó con un argumento clave: la normativa lumínica ya no se sostiene solo por astronomía.
“La norma hoy se aplica a todo el país y aborda efectos nocivos en la salud humana y en la biodiversidad… si mañana la ESO cerrara Paranal, la justificación seguiría tal cual”, afirmó.
En simple: no es “porque están los observatorios”, sino porque existe evidencia de daños asociados a iluminación artificial nocturna.
“La semana de la astronomía se hace en Vitacura”: centralismo y vitrina regional
En el tramo más político-cultural, la conversación se trasladó desde Paposo a Antofagasta: si somos “capital astronómica del mundo”, ¿por qué no se nota en la ciudad?
El conductor apuntó al símbolo: la Semana de la Astronomía con su evento principal en Santiago. Unda-Sanzana estuvo de acuerdo con el “choreamiento”, pero aclaró responsabilidades: “No la organizan los observatorios. La organiza el Ministerio de Ciencia”, dijo, relatando que han reclamado durante años por el centralismo y que incluso hubo conversaciones para mover el evento central a Antofagasta, pero “a última hora” se cayó.
En contraste, destacó una iniciativa nacida desde la región: la Vitrina Astronómica, articulada con Sernatur, con actividades en Antofagasta y San Pedro, donde —según contó— sí han participado ESO y ALMA.
Visitas escolares a Paranal: “esto está pasando”, pero falta escala
Uno de los puntos más concretos fue el acceso de estudiantes a experiencias astronómicas reales.
Unda-Sanzana contó que Paranal habilitó un programa donde se financian buses y visitas periódicas, además de opciones para organizaciones externas. También mencionó su rol dirigiendo una organización (Lican Cabur) que ha llevado cada año a cientos de escolares con fondos regionales.
¿El cuello de botella? No sería la voluntad del observatorio, sino la falta de “contrapartes locales más estables” y capacidad instalada para hacer esto masivo y permanente.
Y ahí entró el lamento: en Antofagasta, si un niño quiere aprender astronomía, ¿a dónde va? Recordó intentos frustrados como un museo interactivo de ciencia y planteó la necesidad de espacios permanentes: un centro, museo o sala digna donde la astronomía no sea una “exposición que si te la perdiste, te la perdiste”.
Un museo en Antofagasta: “tengo una colección y busco que alguien nos diga ‘toma este espacio’”
Casi al cierre, Unda-Sanzana dejó una “pasada” que puede transformarse en tema regional: dijo que cuentan con una colección de objetos e instrumentos históricos vinculados a la observación astronómica y espacial en Antofagasta, pero que hoy permanece guardada.
“Esto presentado de una manera digna… serviría para aprender mucho del tema y generar un hito de presencia permanente”, planteó, entre risas, buscando que aparezca un espacio concreto para materializarlo.







