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sábado, 20 julio, 2024
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Historia Regional

El suicidio de Elvira: el primer caso mediático que enfrentó la Policía de Investigaciones de Antofagasta

En el contexto de los 90 años de la institución, desempolvamos este episodio acaecido en 1937 que terminó con una menor dándose un tiro tras ser violada por dos hombres mayores. Por Cristian Castro

El caso de Elvira (o “Elvirita”) Guillén podría asemejarse en nuestros tiempos a lo que en 2019 ocurrió con Antonia Barra, joven de 21 años que se suicidó tras haber sido presuntamente violada (el caso aún se encuentra en litigio) por el imputado Martin Pradenas.

Con Guillén habría ocurrido lo mismo. Nacida huérfana en Limache, fue adoptada por una pareja que la trajo a vivir a Antofagasta. Para 1937, año en que ocurrió la tragedia, la niña contaba con 14 años.

Este fue el primer caso mediático que enfrentó la Policía de Investigaciones en Antofagasta, institución fundada apenas cuatro años antes del hecho y que -pese a que los imputados tuvieron penas ínfimas-, quedó grabada en la historia de la institución.

Antecedentes

Es preciso dilucidar que el caso cuenta con bastante narrativa romántica dado a que la joven se volvió una especie de santo popular tras su muerte, ya que su sepultura en el cementerio municipal es un sitio de plegarias y devoción, por lo que nos remitiremos a la información de la prensa de la época.

Elvira vivía con sus padres adoptivos en una casona ubicada en las actuales intersecciones de las calles Matías Rojas con General Velásquez. Allí, un jardinero que trabajaba y que era de confianza para la familia invitaba insistentemente a la joven a jugar cartas a su morada, donde vivía con su pareja.

La información publicada por la prensa de la época y que sintetizó cronológicamente el escritor y folclorólogo Oreste Plath en su libro  “L’animita” de 1993 da un claro relato de lo ocurrido el día de la violación.

Ataque

Todo lo que se cuenta a continuación ocurrió un día de la semana entre el 8 al 13 de marzo de 1937.

Plath explica que “Miguel Díaz Díaz, hombre de cuarenta años de edad que realizaba labores de jardinero en la residencia, la convidó (a Elvira) por tercera vez a su casa a jugar una partida de naipes y, con el consentimiento de su patrón, la niña aceptó y llevó a Álvaro, el niño menor de la familia. En las dos ocasiones anteriores la trataron con amabilidad, tanto la mujer de Díaz, Margarita Vega Anacona, el cabo 1º del Regimiento Esmeralda, Francisco Cañas González y María Vega Díaz, su pareja (…). Los cuatro estaban en casa cuando ella y el pequeño llegaron. De pronto, Díaz le ofreció una copa, que le dijo ser de vermouth”.

Plath continúa con su relato explicando que “fue entonces cuando el cabo Cañas la tomó (a Elvira) a viva fuerza, y con la complicidad de su conviviente y del matrimonio dueño de casa, abusó de Elvira a pesar de que dentro de su estado semi inconsciente producido por el narcótico, ella realizó toda clase de esfuerzos por evitarlo. Elvirita regresó a la casa pasadas las siete de la tarde. Sufría los efectos del narcótico y su excitación nerviosa era muy fuerte. La acompañaba el pequeño Álvaro, de sólo dos años, y entre llantos entrecortados narró su desgracia”.

Investigación

La menor llegó a su casa en estado de shock y contó lo ocurrido a sus padres adoptivos quienes la llevaron hasta el cuartel de la policía de investigaciones para hacer la denuncia. Ahí, los detectives fueron hasta la vivienda del jardinero y detuvieron a todos los imputados.

“Cerca de las diez de la noche fueron detenidos Cañas y Díaz y las mujeres María y Margarita Vega. Todos quedaron incomunicados en Investigaciones. Los inculpados negaron terminantemente los cargos que les formulaban. Los agentes reiniciaron al día siguiente diligencias tendientes a esclarecer el asunto y a pesar que el estado de ánimo de la niña era normal, practicaron la reconstitución de la escena en casa de Díaz y luego un careo que se prolongó y en el que Elvira mantuvo todas sus declaraciones, mientras los acusados se decían inocentes”, recoge el testimonio de Plath.

Ante la impasividad de sus violadores y cómplices y los pocos resultados que veía Elvira en la investigación, decidió quitarse la vida la tarde del domingo 14 de marzo en su habitación en el segundo piso de la casona de Matías Rojas con General Velásquez. Cogió el arma de fuego de su padre adoptivo y percutó dos tiros; el primero fue a dar a una pared y el segundo dio en su cuerpo.

Repercusión

Este suicidio conmocionó a la comunidad. El Mercurio de Antofagasta en su edición del miércoles 17 de marzo de 1937 titulaba en portada “Solo una bala perforó el corazón de la joven. La otra se escapó de la pistola y fue a incrustarse en la pared”.

La nota explica que “solo una bala atravesó el corazón de Elvira Guillén Guillén, la joven de 14 años de edad que a las cuatro de la tarde del domingo se suicidó desesperada por el atropello de que fue víctima de parte de dos individuos que contaron con la activa complicidad de sus respectivas mujeres. El hecho fue comprobado de forma fehaciente en una nueva autopsia (…)”.

La nota prosigue con toda clase de detalles del procedimiento al cadáver, luego consta que “los doctores señores Goicovic y Zlatar señalaron al juez señor Venturino las demostraciones de violencia que tiene el cuerpo de Elvira y que comprueban las acusaciones que ella hizo hasta pocos minutos antes de morir, en el sentido en que el atropello se consumó (…) en sus piernas y brazos presenta equimosis y a la altura de su seno, marcas de uñas clavadas”.

La investigación realizada por la Policía de Investigaciones logró comprobar culpabilidad parcial en dos de los imputados, quienes debieron cumplir sentencia y siendo dado de baja el cabo del regimiento Esmeralda, pero estas no se consideraron suficiente.

Plath finalmente termina el relato con el sobrio entierro que tuvo la joven, la cual años después se volvería un santo popular para la memoria colectiva de la comuna de Antofagasta.

“Su protector se hizo cargo de los funerales, y solitario sepelio tuvo la niña-mártir. Sólo siete personas la acompañaron hasta el Cementerio Nº1, el 17 de marzo de 1937, en el viaje a su última morada; los siete componentes del cortejo llevaron a pulso el ataúd. Entre éstos iba su patrón, los agentes de Investigaciones Pedro Rojas, Gustavo Segura y José Aedo y los periodistas Ricardo Sepúlveda, Alfonso Jeria y Raúl Herrera”.

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