En una conversación marcada por la preocupación de madres, padres y docentes, Susana Arancibia, psicóloga social comunitaria y decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica del Norte (UCN), abordó en el podcast Un Día Menos de La Caja el estado de la violencia escolar en Chile, el impacto del ciberbullying, la responsabilidad del mundo adulto y los cambios que exige la nueva regulación en convivencia educativa.
“Desde lo mediático, hoy es más visible, porque tenemos acceso a tecnología que inmediatamente nos visibiliza lo que está ocurriendo”, explicó, planteando que las violencias han cambiado de forma, aunque como fenómeno “existen desde que tenemos sistema escolar”.
No es solo “víctima y victimario”: es el sistema completo
Uno de los énfasis de Arancibia fue correr el foco del binomio clásico bullying-víctima-agresor para entenderlo como un problema de comunidad.
“Cuando tú quieres trabajar en torno a la violencia, tienes que trabajar en torno al bienestar de las comunidades educativas y no solo de los niños”, sostuvo.
Y agregó una idea de fondo: la violencia se reproduce porque socialmente se valida como mecanismo de resolución de conflictos, en distintos espacios y con distintas formas.
“Existen distintos tipos de violencia, no necesariamente la física: puede ser verbal, psicológica, simbólica”, enumeró.
Cuando el agresor es “tu hijo”: el rol de la socialización y lo que no se regula
En un tramo clave, la entrevista abordó una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando quien ejerce violencia es el propio hijo?
“Eso es lo más difícil. A muchos padres les cuesta asumir que su hijo es victimario”, afirmó Arancibia.
Ahí planteó que el origen no siempre está en una “familia violenta”, sino en sistemas de socialización más amplios: televisión, contenidos y videojuegos con violencia explícita.
“Cuando tú no regulas qué cosas ven tus hijos, a qué cosas juegan, también estás legitimando cuál es el tipo de conductas válidas”, explicó, subrayando que si el adulto no pone límites claros, el niño aprende que la violencia “resuelve conflictos”.
Celulares en colegios: “contribuye, pero no es suficiente”
Sobre la medida que restringe el uso de celulares en establecimientos, Arancibia dijo que puede ayudar, sobre todo considerando que hoy muchas agresiones se amplifican con grabaciones y redes. Pero advirtió el límite principal: gran parte del ciberbullying ocurre fuera del horario escolar y “repercute” dentro de la sala.
“Ese es el gran dilema del profesorado y los directivos: cómo revertirlo si no tienen injerencia cuando los niños no están en el aula”, planteó.
Arancibia puso sobre la mesa un fenómeno que suele minimizarse: la violencia “en clave de broma”.
“Hacer un meme sobre alguien es violencia, y está naturalizada”, afirmó, añadiendo que las redes habilitan también una forma especialmente compleja: la violencia anónima, donde no se usa nombre real o identidad verificable.
Nueva normativa y obligaciones: denuncias, protocolos y convivencia con dedicación exclusiva
Consultada por el rol de los colegios, Arancibia fue enfática: hoy existe obligación de actuar y no “mirar para el lado”.
Explicó que la normativa exige a establecimientos —especialmente directivos— denunciar situaciones de violencia, contar con protocolos para distintos tipos de agresión y establecer comités de convivencia. Además, recalcó la figura de un encargado de convivencia educativa con dedicación exclusiva, acompañado por un comité.
En cuanto a sanciones, sostuvo que hay casos extremos donde la expulsión puede justificarse, pero insistió en que la respuesta debe ser gradual y formativa, con foco en prevención y mediación.
“Microagresiones”: el punto donde se pierde el control si no se interviene a tiempo
Arancibia insistió en actuar temprano: no ignorar señales pequeñas que van escalando.
“Hay que estar alerta cuando ocurren microagresiones, no obviarlas y abordarlas inmediatamente”, advirtió, remarcando que existen niveles de violencia y que el trabajo preventivo se construye día a día, no con actividades aisladas.
Para aterrizar la conversación, la experta mencionó una experiencia local que describió como “muy linda”: un sistema de mediación en el Liceo Minero América de Calama, donde el equipo de convivencia instaló un mecanismo tan internalizado que los estudiantes, frente a conflictos, acudían voluntariamente a pedir ayuda para resolverlos.
La clave, dijo, es que estos sistemas se instalan progresivamente hasta transformar la cultura escolar hacia el “buen trato”.
Crianza respetuosa no es crianza sin límites
Arancibia también advirtió sobre un error frecuente: confundir disciplina con autoritarismo, o crianza respetuosa con permisividad.
“Si tú educas en ‘crianza respetuosa’ pero sin límites, ese niño no va a tener límites”, señaló.
Y lo resumió así: enseñar derechos propios, pero también que “todos los humanos tenemos derechos”, por lo que los límites se construyen para el bien propio y el del otro.
Falta de docentes y salud mental: “es real” y se enfrenta con formación
Hacia el cierre, el diálogo se trasladó a un problema estructural: el desincentivo a estudiar pedagogía por el costo emocional de trabajar en aulas complejas.
Arancibia confirmó que hay indicadores de deserción en pedagogías y defendió fortalecer la formación docente inicial con herramientas transversales: desarrollo emocional, clima de aula, autocuidado, trabajo con familias y manejo de contextos conflictivos.
Mencionó además iniciativas de formación continua, como un diplomado en convivencia educativa y programas desplegados tras la pandemia, primero como intervención en crisis y luego bajo el enfoque “A convivir se aprende”, insistiendo en que la convivencia es una habilidad que se enseña.
“La escuela no es violenta: refleja lo que somos”
Arancibia cerró con una frase que cruzó toda la entrevista: “Las escuelas son espejos de lo que ocurre en nuestra sociedad”.
Por eso, sostuvo, el abordaje no puede ser solo escolar: debe ser sistémico, territorial y con familias, considerando que no es lo mismo enfrentar violencia en Mejillones que en Penco, Arica o Taltal.
Y dejó una propuesta final: abrir espacios de formación para familias, porque “aprendemos a ser padres y madres en la práctica”, pero eso no significa que no se pueda aprender colectivamente.
“¿Por qué no hay espacios donde conversemos y construyamos con otras familias qué resulta y qué no?”, planteó.







