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jueves, 20 agosto, 2026
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Columna de opinión

La noche en que Antofagasta volvió a mirar los cerros

"Durante seis años, la Escuelita Chepuja ha construido una comunidad en el Campamento Altamira. Una comunidad educativa, sí, pero también una red de afectos, confianzas y responsabilidades. Y quizá por eso, cuando comenzaron a anunciarse con anticipación las lluvias inusuales que podían afectar a Antofagasta, algo dentro de nosotros se activó", Marcela Mercado, Directora Escuelita Chepuja

Hay emergencias que comienzan mucho antes de que caiga la primera gota.

Para mí, comenzó el 18 de junio de 1991. Esa noche, Antofagasta se convirtió en barro, agua, piedras y oscuridad. Yo pertenecía entonces a la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica del Norte y, junto a cientos de estudiantes de esa universidad y de la Universidad de Antofagasta, salimos a las calles. Pusimos nuestras manos donde hacía falta ponerlas, removiendo barro, ayudando a despejar, buscando personas, acompañando. Pusimos también nuestros corazones y convicción, pero sobre todo había una certeza que entonces parecía natural: cuando la ciudad está herida, todos lo estamos.

Han pasado 35 años. Y durante la madrugada del lunes 17 y el martes 18 de agosto, mientras Antofagasta volvía a mirar hacia el cielo con preocupación, comprendí que aquella experiencia no había terminado, había cambiado de forma.

Y esta vez no cabía improvisar después de la catástrofe, así fue que esta vez, nos preparamos antes.

Durante seis años, la Escuelita Chepuja ha construido una comunidad en el Campamento Altamira. Una comunidad educativa, sí, pero también una red de afectos, confianzas y responsabilidades. Y quizá por eso, cuando comenzaron a anunciarse con anticipación las lluvias inusuales que podían afectar a Antofagasta, algo dentro de nosotros se activó.

Sabíamos dónde estábamos y cómo está asentado el campamento. Nos aterraba que, frente a un aluvión, seríamos uno de los sectores más expuestos.

El domingo recibimos a Irina Salgado, experta en riesgos naturales, quien realizó un taller con nuestros niños, niñas y voluntarios y recorrió el terreno junto a nosotros. No se trató solamente de aprender qué hacer ante una emergencia, Irina nos hizo mirar el lugar donde viven nuestros niños con otros ojos.

Entonces apareció la pregunta que no queríamos hacernos, pero que era necesario responder: ¿Están nuestras familias preparadas para evacuar de noche, bajo la lluvia, si suena una alarma?

El lunes convocamos a las madres. Llegaron con prontitud y decidimos evacuar. No fue una decisión sencilla. Una familia no es una mochila que uno pueda tomar y trasladar rápidamente. Hay niños pequeños, abuelos, animales, documentos, medicamentos, colchones, miedo. Hay una vida entera que parece demasiado grande para meterla en un vehículo.

Pero teníamos algo que durante estos seis años hemos aprendido a construir: redes. Lo primero fue identificar dónde podía recibir cada familia y así aparecieron cuatro refugios familiares fuera de las zonas de riesgo, casas de tíos, tías y otros familiares que abrieron sus puertas. Otro grupo pudo trasladarse a casas de amigos. Y, finalmente, treinta personas fueron recibidas en los albergues habilitados por la Municipalidad de Antofagasta.

Y allí ocurrió otra cosa que merece ser contada. Fuimos recibidos con cariño, reconocimiento y dignidad. En la Escuela Maximiliano Poblete, los funcionarios municipales, liderados por Elizabeth Jara, estuvieron mucho más allá de lo que les correspondía, se convirtieron en aliados fundamentales. En una emergencia, esa diferencia importa. Lo trascendental que haya cariño, colchón, abrigo y comida caliente. Que alguien pregunte si el niño tiene frío. Importa sentirse esperado.

Solo dos familias decidieron no evacuar y entonces pienso en los niños. Porque una emergencia no es exactamente la misma experiencia para todos.

Para algunos, aquella noche fue una aventura inesperada, dormir en otra casa, compartir con otros niños, comer algo caliente, descubrir que había adultos preocupados por ellos.

Para otros pudo haber sido miedo. El miedo de que sonara una alarma,  de tener que salir corriendo. El miedo de que la lluvia se transformara en algo que los adultos no pudieran detener.

Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más importante que cualquier estadística:

¿Cómo recordará cada niño esta emergencia? ¿La recordará como la noche en que estuvo protegido, abrigado y acompañado? ¿O como la noche en que tuvo que dormir pensando que en cualquier momento podía comenzar a correr?

No es una pregunta menor, pues las experiencias de la infancia dejan una forma de mirar el mundo. Enseñan qué significa una ciudad, qué significa el peligro, qué significa la solidaridad, qué significa confiar en otro.

Nosotros enseñamos a nuestros niños a amar Antofagasta, pero también tenemos que enseñarles que Antofagasta puede cuidarlos.

Y esta vez hubo razones para sentir que algo importante había funcionado. La política pública que nació después del aluvión de 1991 mostró sus resultados. Las vías aluvionales construidas durante estas décadas respondieron. Detrás de ellas hay un trabajo serio del Estado, sostenido durante años, que el martes contribuyó, sin duda, a proteger a decenas de miles de personas que viven en los cerros de Antofagasta. Las obras públicas importan. La prevención importa. El Estado que planifica para una emergencia que quizás ocurrirá dentro de décadas está haciendo política pública de verdad.

Pero la experiencia de estos días deja también una pregunta pendiente.

Si sonaba la alarma, ¿hacia dónde evacuábamos? ¿Dónde está el lugar seguro? ¿Existe un plan de evacuación suficientemente conocido por quienes viven en las zonas de riesgo? ¿Sabemos hacia dónde caminar de noche, bajo la lluvia, con niños pequeños? ¿Hemos hecho suficientes simulacros para que, cuando llegue el momento, no tengamos que pensar? No tengo las respuestas y no me corresponde tenerlas. Corresponde a las autoridades evaluarlas.

Pero después de lo vivido, creo que debemos hacernos esas preguntas porque una vía aluvional puede conducir el agua, una alarma puede advertirnos. Pero una comunidad necesita saber hacia dónde dirigirse.

Durante la emergencia, aparecieron cientos de personas anónimas, muchas de ellas personas que ni siquiera conocemos, que llegaron desde las redes sociales con una generosidad que todavía nos conmueve. Nuestro corazón y convicción resultan fortalecidos cuando tenemos los recursos para llegar en ayuda de nuestros niños y sus familias.

Ahora comienza otra etapa. Seis hogares de nuestra comunidad tuvieron pérdida total. Ya no se trata solamente de evacuar, se trata de acompañar el regreso, reconstruir, recuperar pertenencias, secar lo que pueda secarse y, en algunos casos, empezar de nuevo.

Y vuelve entonces una palabra que Antofagasta conoce demasiado bien: erradicación. Hay familias que no deberían tener que esperar al próximo evento extremo para abandonar definitivamente una zona de riesgo.

Ojalá esta vez la experiencia sea escuchada, porque las ciudades también aprenden y si algo nos enseñó esta emergencia es que la prevención no comienza cuando llueve. Comienza mucho antes, cuando una comunidad decide mirarse, reconocerse y preguntarse quién cuidará de quién cuando llegue la noche.

Ayer, mientras una de nuestras voluntarias trasladaba a las familias desde los albergues hacia sus hogares, ocurrió una escena pequeña que, para mí, contiene todo lo vivido, Abraham tiene ocho años y lloraba porque no quería abandonar el albergue. Nuestro niños,  allí había encontrado algo que, en medio de la emergencia, le había resultado precioso: un lugar seguro. Sus lágrimas me conmovieron profundamente, porque un niño de ocho años no debería tener que elegir entre su casa y sentirse protegido. Y quizás esas lágrimas sean la imagen que Antofagasta necesita guardar de estos días.

No solamente la lluvia, ni los datos, ni solamente los cerros. Un niño que no quería abandonar el lugar donde se había sentido a salvo.

En 1991, cuando tenía muchos menos años, puse mis manos junto a las de cientos de estudiantes para ayudar a levantar esta ciudad después del desastre.

Treinta y cinco años después, me tocó hacer algo diferente. Esta vez no tuve que salir a buscar dónde poner mis manos. Aprendí que también se puede salvar una noche abriendo una puerta, haciendo una llamada, preparando un refugio y confiando en una comunidad.

Quizás eso también sea construir ciudad.

Para quienes somos voluntarios de la Escuelita Chepuja, esta semana tuvo también otra dimensión. Nosotros llegamos cada domingo al campamento; conocemos sus caminos, sus casas, sus niños, sus madres. Allí hemos aprendido sus nombres, sus historias, sus pequeñas preocupaciones y también sus alegrías. Pero esta vez regresamos en circunstancias completamente distintas. Durante toda la semana, los voluntarios maravillosos que componen esta Escuelita seguimos llegando con desayunos a cada refugio, buscamos abrigo, acompañamos a las familias y salimos en medio de la lluvia cuando era necesario. De pronto, aquello que durante seis años habíamos construido como vínculo, educación y comunidad adquirió una dimensión nueva y para quienes hemos aprendido a querer a estos niños cada domingo, resulta imposible mirar una emergencia de la misma manera cuando sabes exactamente quién está detrás de cada puerta, qué niño duerme allí, qué madre está preocupada y qué familia necesita que alguien llegue. Quizás esa sea una de las experiencias más profundas que nos deja esta emergencia: descubrir que el voluntariado no termina cuando termina la clase del domingo. La comunidad que construimos durante seis años nos hizo responsables unos de otros cuando llegó la lluvia.

Quizás ésa sea la forma más importante de construir ciudad.

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