Literatura, rebeldía y el mito de la meritocracia 

A tres años de la creación del club de Lectura Rebelde por un grupo de personas en Antofagasta, en pleno Estallido social, acabamos de inaugurar la segunda Escuelita Rebelde “Chepuja” N°2. Ha sido un camino largo que tiene como motor la pasión por la lectura literaria y que nos ha movilizado para luchar por la inclusión exitosa  de niños  niñas en situación de campamento en el sistema educativo. Durante más de cien sesiones de lectura, nos hemos planteado preguntas trascendentales de la existencia humana: la justicia, los derechos de las personas, los discursos y el amor. Esto ha ido acompañado de una práctica territorial intensa con quienes se encuentran excluidos del modelo: niños migrantes en situación irregular. Acá es donde ha surgido la crítica a un concepto que parece dirigir la movilidad social en sociedades de nuestro tipo: la meritocracia.

Entonces, parece interesante preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de meritocracia, pues este concepto aparece todo el tiempo como un fundamento del discurso que sostiene el actual modelo sociocultural y económico y goza de anuencia transversal. Todos los sectores políticos se abanican con su ejercicio y es uno de los elementos de consenso que son repetidos en sus discursos y  relatos. Cuando leemos frases como, “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida” nos enfrentamos a la idea del self made,  de que ser meritócrata es ser mejor.

A este respecto, podemos leer que la meritocracia es uno de los grandes mitos que fundamentan la cultura norteamericana.  Hay dos sociólogos de la Universidad de North Carolina, Stephen McNamee y Robert K. Miller Jr. que el año 2004 investigaron distintos elementos y dimensiones de este tema y escribieron el libro “El Mito de la Meritocracia”. Ellos señalan que este mito es compartido por los ciudadanos norteamericanos, que plantean que cada uno va a recibir del sistema lo que da, es decir, todo tiene que ver con el esfuerzo individual. Esto se conecta con varios imaginarios de la cultura estadounidense como el sueño americano, el puritanismo protestante, los postulados de Adam Smith que forman parte de determinados principios de la nación americana, lo que Thomas Jefferson llamó la “democracia del talento” , pues en la época en que la nación americana está naciendo, se están pensando en contraposición a Europa, en el sentido de que entre ellos no existen, por ejemplo, los nobles y, entonces, se instala esta idea de que las personas no van a triunfar por su sangre, sino que por su talento. Frente a estas ideas, estos autores señalan que existen varias aristas problemática: primero, la idea de que existen “talentos innatos”, que biológicamente habrían personas que tienen mayor capacidad de algún tipo, entonces van a tener una mayor posibilidad de triunfar en el mundo social; otra dimensión es tener la “actitud adecuada”, es decir, estar atentos, no ser perezosos, ser optimistas, positivos, la idea de que el bienestar personal y el de lo que nos rodea tiene que ver con este temple anímico, trabajar duro, tener integridad moral. Plantean que es un mito que los que llegan a tener éxito son los más calificados, pues entonces cómo se explica que los que se ubican en las altas esferas de poder siempre terminan siendo hombres, blancos, mayormente heterosexuales, que han estudiado en determinados colegios y universidades y, casi siempre, provienen de familias de mayores ingresos. En ningún momento se piensa en términos relacionales, estructurales de una sociedad.

Otro elemento importante que agregan es que si todo depende solamente del esfuerzo y los talentos individuales, surgen costos de todo lo que significa medir o evaluar permanentemente a los individuos y así las personas se vuelven menos autónomos, menos auténticos, menos libres, porque están en una maquinaria de medida y de evaluación constante: la meritocracia.

La falta de igualdad creció cada vez más en Estados Unidos, existe cada vez menos movilidad social. El emprendedor que tiene mayor riqueza puede fracasar y empezar de nuevo, en cambio, la persona que pone todo su capital en un emprendimiento y fracasa, no va más. Son todas estas contradicciones del sistema que nos obligan a pensar en la meritocracia como un mito que, si no analizamos con atención, permite sostener sociedades menos equitativas y menos felices, fin último de nuestro ser para la acción en el mundo.

Entonces, ¿cuál es nuestra rebeldía? En un modelo donde parece todo estar dado, el Club de Lectura se ha dado a la tarea de comprender las causas profundas de la desigualdad y del malestar social, criticar, estudiar, desde la lectura literaria y vincular esto a una práctica constante y ardua en sectores populares. Educar, incluir, normativizar incansablemente a los niños y sus familias, permitir el acceso a la cultura de nuestra ciudad, a la ciencia, al deporte, a la poesía.

Creamos un sueño colectivo en las alturas de los cerros, donde profesores sistematizan un modelo educativo a partir de particularidades del lugar, todo desde el voluntariado, una jerarquía de voluntades que excluye al dinero como movilizador social. En Antofagasta, acabamos de ser distinguidos con el Premio Regional de fomento Lector 2022 en reconocimiento de nuestro trabajo, desde la lectura literaria,  en contextos vulnerables: así, leer nunca fue tan rebelde.

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