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lunes, 6 febrero, 2023
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Columna de opinión

Los tres males de la política actual

"Está claro que la hoguera de las vanidades nunca se apaga. Muchas veces vemos a autoridades regionales dedicadas a polemizar con otras, simplemente heridos en su amor propio o por motivaciones solo atribuibles a diferencias personales que no vienen al caso o por simple antipatía", Senador Pedro Araya Guerrero (IND-PPD)

Los males de la política actual y que debemos erradicar son, a lo menos, tres: la irresponsabilidad de los que no cuidan la democracia, la banalidad de los que hacen espectáculo cuando debieran entregar propuestas y los que ejercen cargos sintiéndose intocables por ello.

Ejemplos sobran en cada caso, pero podemos traer a colación algunos significativos. Como ejemplo de descuidar la democracia podemos recordar las declaraciones de Daniel Jadue llamando a armar “en todas las comunas, en todos los barrios, frentes antifascistas”. Esto se justificaría con la finalidad de “salir al paso a las noticias falsas… y retomar el rumbo que Chile traía”.

Demás está decir que estas declaraciones resultan particularmente perjudiciales para el gobierno en ejercicio, que en este caso resulta ser el de Gabriel Boric y una coalición dentro de la cual se encuentra el partido del propio alcalde.

El error consiste en no creer que la democracia se pueda defender con el normal funcionamiento de sus instituciones, sino que lo que se propone es polarizar la convivencia en los barrios para objetivos sumamente imprecisos. Las noticias falsas se enfrentan con noticias verdaderas, no con frentes agresivos que provocan como reacción la organización de los extremistas de derecha. Estos no necesitarán más que justificarse diciendo que están solo reaccionando a una provocación manifiesta.

El caso más reciente de banalización de la política lo ha dado el presidente de RN, Francisco Chahuán, quien llegó a La Moneda a una reunión seria de trabajo portando un instrumento musical, para recordarle al gobierno que “otra cosa es con guitarra».

Tenemos en Chile bastantes humoristas de buena calidad, como para que alguien quiera competir con ellos con una mala broma, escenografiada por un personaje sin gracia en el momento menos adecuado. Por cierto, los mayores afectados con este descriterio son las personas que se identifican con la derecha y que esperan que temas de primera prioridad, como es la seguridad ciudadana, sean tratada con la seriedad que se merece.

El error consiste aquí en creer que la principal herramienta de la democracia, el diálogo, puede ser rebajado impunemente sin que nadie reaccione o se vea afectado. Un político responsable requiere que lo que dice sea tomado en cuenta por la fuerza de los argumentos que emplea. No necesita ponerse chistoso para llamar la atención. Así, lo único que se consigue es que nadie necesite mucho para atacar a los políticos de cualquier tipo, desprestigiando por igual a justos y pecadores.

Por supuesto, las autoridades arrogantes que se creen intocables, pero que se permiten decir de los demás cuanto se les pasa por la cabeza, abundan en todo el país. Para no buscar ejemplos demasiado cercanos, quiero recordar aquí a un caso traído del sur de Chile.

El gobernador del Biobío, Rodrigo Díaz, acaba de ser absuelto ante una querella por injurias que presentó un consejero regional. El episodio es casi ridículo. El gobernador había recibido un botellazo de agua en medio de una reunión y, ya sea con razón o sin ella, responsabilizó de los hechos a un consejero regional. Las adscripciones política de los involucrados no importan para nada en este caso.

El Juzgado de Garantía de Concepción dictó veredicto absolutorio por la querella del consejero. El hecho había ocurrido en marzo y, durante ocho meses, importantes autoridades de una región dedicaron tiempo y apariciones públicas a trenzarse en una discusión completamente inútil.

Por increíble que parezca, después de un desperdicio gigantesco de dedicación a algo más productivo, el querellante aún se manifiesta en «disconformidad sobre el veredicto». Está claro que la hoguera de las vanidades nunca se apaga. Muchas veces vemos a autoridades regionales dedicadas a polemizar con otras, simplemente heridos en su amor propio o por motivaciones solo atribuibles a diferencias personales que no vienen al caso o por simple antipatía.

El error en este caso consiste en malgastar el más valioso de los recursos del que disponemos los seres humanos, el tiempo, en vista de ganar en polémicas tan innecesarias como de pequeña monta, que carecen de sentido para la mayor parte de la comunidad.

Todos estos casos, que desafortunadamente no son aislados resultan representativos de muchos otros, muestran falencias que los ciudadanos debieran aprender a identificar para evitar que se repitan. Al fin y al cabo, se trata de autoridades electas por las mismas comunidades que debieran ser mejor servidas por sus representantes.

La buena política consiste en proponer soluciones sensatas, defendidas con seriedad, destinadas a atender las necesidades más sentidas y los anhelos más profundos de una comunidad. Los sectarios, los superficiales y los vanidosos son sujetos que no le sirven a nadie y que agregan problemas en vez de solucionarlos. Crean más conflictos que los que encontraron, ofendiendo a las víctimas de la inseguridad poniéndose a bromear o se centran en sí mismos en vez de servir a otros.

Necesitamos una nueva constitución, pero también -y tal vez más- necesitamos líderes que dignifiquen la política y estén a la altura de las normas que nos deben regir.

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