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lunes, 20 mayo, 2024
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Columna de opinión

8 de Marzo: Lecturas Sugeridas, Aquellas Mujercitas

"Quizá la pregunta sea cuánto de estas máscaras permanecen vinculadas hoy a nuestra identidad de mujeres. Si sigue operando una lógica vinculada, sutilmente, al arte y la cultura, que nos impide abrir nuestras posibilidades y generar proyectos de vida personales, originales y críticos", Marcela Mercado, gestora cultural

Louise May Alcott es el nombre de la autora de la novela “Mujercitas” publicada el año 1868 y cuya adaptación al cine, la séptima, se exhibió con mucho éxito en el mundo entero el año 2020. Se trata de la historia de cuatro hermanas que viven junto a la madre y una criada y cuyo padre se encuentra peleando en el frente por La Unión durante la Guerra de la Secesión en Estados Unidos. Es una novela en parte autobiográfica, que realizó por encargo de su editor, en la que la autora se identificaba con el personaje de Jo March. La novela “Mujercitas” formó parte constitutiva de la educación sentimental de muchas generaciones de mujeres que vieron en cada una de las hermanas representados los valores del Trascendentalismo, corriente de pensamiento a la que adhería Alcott y que buscaba la emancipación del individuo en Libertad y en el que militaba junto a personajes como Emerson y Henry David Thoreau.

Ad portas de un nuevo 8 de Marzo, Día internacional de la Mujer, pudiese ser interesante hacer un recorrido breve por algunas representaciones de la mujer en la literatura, echando luz sobre los aspectos en que estos relatos han colaborado en generar una identidad femenina en el imaginario social.

En primer lugar, desde la poesía amorosa, tenemos que pensar en Safo de Lesbos que fue una poetisa de aproximadamente el 600 A.C que escribía poemas amorosos en que aparece la figura femenina. Safo representa a la mujer como un objeto de deseo, como un objeto mirado, se trata de un sujeto amoroso femenino que observa a otro sujeto amoroso femenino.

Luego, encontramos a la mujer como el tópico de la rosa. El tópico de la rosa es un tópico poético que significa muchas cosas más, pero en la mujer se asemeja porque es bella en un momento,  se marchita y luego envejece y cuando esto sucede la mujer ya no sirve para nada. Esta representación está asociada al paso del tiempo y cómo todo tiende a malograrse en la mujer.

Haciendo un salto temporal, nos trasladamos a fines del siglo XIX donde aparece muy presente tanto en la literatura como en otras artes la figura de la femme fatale. Estas mujeres que eran tremendas, que destruían al hombre, que lo seducían con una belleza corrupta. Por ejemplo, la figura bíblica de  Salomé, que pide la cabeza de San Juan Bautista y se la traen la cabeza en una bandeja. Algunos estudios acerca de la femme fatale han planteado que este tópico tiene un componente de misoginia que se vincula con la irrupción del proletariado en las ciudades, la aparición de los primeros movimientos organizados feministas, la prostitución, etc, generaron esta representación de la mujer fatal, de la mujer terrible; la mujer como el lugar del pecado, el lugar de la carne, contrapuesta al Espíritu: la esterilidad, la improductividad, la gratuidad total. Todas oposiciones que también tienen que ver mucho con el cristianismo. Este tópico lo seguimos viendo hoy en películas y series.

Grandes escritores han dedicado poemas incendiarios a la figura de la mujer. Bukowsky escribió “La mujer de un hombre” donde de modo revulsivo señala que el sueño de un hombre es una puta con diente de oro y portaligas. La idea de una mujer absolutamente servil, muy marginal, en la lógica de una literatura provocativa y sucia.

Finalmente, podemos cerrar con Mademoiselle de Maupin, la novela de Gautier, publicada en 1835. Esta historia cuenta la vida de Madeleine de Maupin, que es una mujer que hace esgrima, que practica tiro, que cabalga, que se viste de hombre, es una figura distinta que tiene más que ver con una disputa del conocimiento, con la aparición de la mujer en la esfera pública, con la realización de determinadas actividades que supuestamente estaban destinadas al hombre. Madeleine señala en una de sus cartas “Cuando se quiere hablar de algún tema interesante, nos envían a estudiar el arpa o el clavecín. A fuerza de querer que no seamos románticas, nos hacen idiotas. Los años de nuestra educación se consumen no en enseñarnos algo, sino en impedir que aprendamos. Somos realmente prisioneras de cuerpo y espíritu”

Quizá la pregunta sea cuánto de estas máscaras permanecen vinculadas hoy a nuestra identidad de mujeres. Si sigue operando una lógica vinculada, sutilmente, al arte y la cultura, que nos impide abrir nuestras posibilidades y generar proyectos de vida personales, originales y críticos.

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