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martes, noviembre 30, 2021

¿Aló, Chile?; … tenemos un problema

"Innegablemente el movimiento social "unificó" a la sociedad chilena en torno a la problemática de la representación del país", Cristian Zamorano, Doctor en Ciencias Políticas

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Hoy, nadie puede poner en duda que el 18 de octubre 2019 marcó un hito importantísimo en nuestra historia contemporánea. Habrá un antes y un después. La contrapartida del 11 septiembre de 1973. Un quiebre brutal e irrevocable. El inicio del final del ciclo que empezó ese martes gris en el cual se bombardeó a la Moneda. El ahora llamado 18-O será recordado como el día en el cual se trazó una raya para la suma de 30 años de ultra-liberalismo y de un discurso que ensalzó hasta saciedad una inflada transición democrática, que supuestamente situaba a nuestro país, esencialmente según las cifras macroeconómicas, como un paraíso en donde la paz y el progreso reinaban en gloria y majestad. Un verdadero oasis en el desierto.

Una semana antes de ese día histórico contemporáneo, los estudiantes habían convocado a una huelga para protestar contra el alza de 30 pesos en el transporte público. Algunos de ellos, en una transgresión instintiva, saltaron los torniquetes del metro santiaguino para llegar del otro lado del espejo, dando así el puntapié al mayor movimiento popular que se haya visto desde que la democracia se ha reinstalado en nuestro país. Ese gesto de clara infracción, ese no respeto reivindicado de las reglas, se convirtió, simbólicamente, en un acto de rebeldía popular que dio inicio a un movimiento que iba a ser cada vez más masivo en el corto plazo. Fueron millones de personas que salieron a las calles para denunciar las injusticias, la corrupción, la falta y el atropello de derechos sociales; todos apuntando el dedo esa desigualdad que se escribe, en nuestro país, con letras mayúsculas pero que muchos quieren convencerse que está escrita con minúsculas y en cursiva.

El mundillo político, desde su posición privilegiada y acomodado palco, estaba en estupefacción, en un verdadero estado de sideración frente a lo que sucedía ante sus ojos, ya que ellos, los representantes del pueblo, no lo habían previsto; ni siquiera podían dar explicaciones. No faltaron en todo Chile, al igual que acá, voceros trasnochados, amnésicos y patéticamente reivindicativos, esas compañeras/os de la exConcertación que querían subirse al carrito que estaba tirando el llamado “Pueblo”, todos sabiendo perfectamente que hace años que estas/os  gozan de los beneficios de la jugarreta del poder… pero solo para el poder. Es decir, para ellos mismos. La ex presidente regional del Partido Socialista en Antofagasta y su actuar en los medios y en el Consejo Regional, es una insigne representante de aquello. Pero en general, hemos escuchado a la calle hablar y vimos a los políticos adoptar un perfil bajo, al mismo tiempo que los matinales le daban tribuna a personas que representaban el diario vivir y sus preocupaciones. Tia Pikachu remplazó a Raquel Argandoña, los análisis y reivindicaciones políticas a las lecturas de Tarot y otras ciencias astrológicas que alimentaron, durante décadas, la apatía de millones.

A pesar de los aspectos volátiles, contigentes y poralizadores de esa efervescencia, innegablemente el movimiento social “unificó” a la sociedad chilena en torno a la problemática de la representación del país. Desde ahí, Chile, en su conjunto, se ha “articulado” a través de la dinámica del conflicto social, que se expresa hasta hoy, en las calles y otros espacios. Tal característica toma, hoy, totalmente a contrapié la lógica instalada desde la transición democrática, esa tan reivindicada (y usurpadora) política de los acuerdos y consensos, esa de la socialdemocracia a la “chilensis”, donde se privatiza todo un país, donde ser clase media no significa gran cosa, donde endeudarse es un deporte nacional. Y obligatorio.

Cuando un sistema falla, es muy difícil que no todos los aspectos de este no se vean involucrados. Si se rechazó el sistema económico implementado, si se condenó el sistema social vigente, si se constató la inconsistencia del mando político, y eso a todo nivel, era obvio que el brazo armado del Estado también iba a fallar, los depositarios de la violencia legitima que se enfrentaron a la brutalidad de un estallido social. Porque no se puede hablar del “18-O” sin hablar de la represión, al igual que de las quemas, de los enfrentamientos eternos y de un certero desprestigio. Chile y el reflejo de la violencia descontrolada que subyace en él. Pero, es verdad que siempre hay que contrarrestar aquello recordando que somos los mejorcito del vecindario, que esa violencia no se compara a la de nuestros vecinos no muy lejanos… debemos siempre recordar que nosotros somos los ingleses de Latinoamérica.

Quizás al imagen del gobierno de Winston Churchill; en Londres ,en 1940; hemos visto a un gobierno acorralado que ni siquiera comprendía lo que estaba sucediendo; dejando claro que Sebastián Piñera tenía muy poco que ver con el primer ministro británico del bombín, puro y bastón. El Primer mandatario no prometió “sangre, esfuerzo, lagrimas y sudor”; sino más bien que habló de “guerra”. Aparentemente, en contra de los que se supone que él debería gobernar. Si el dicho, en boga, quiere que el “dato mate relato”, ahora sabemos que una palabra puede dañar mortalmente a una presidencia. Lógicamente, la respuesta, desde la Moneda, con el asesor “internacional” Cristián Larroulet, fue la represión. Pero, para la sorpresa de estos, esa represión iba a ser rechazada en numerosos de sus aspectos, porque, ¡oh sorpresa!, los fantasmas de las exacciones; pasadas pero imprescriptibles; de la dictadura, justificadamente o no en función de los eventos en cuestión, volvieron a salir a flote, con una violencia escarlata, que nos recordó que “la justicia en el  límite de lo posible” no dejó una huella indiscutible en la Historia. Ni tampoco dio resultados de los cuales se puedan vanagloriar. Así, policías y militares salieron a las calles, claramente sobrepasados, no preparados a enfrentar la sorprendente brutalidad de una rebelión masiva,  e hicieron uso de una inusitada y disparatada violencia. Hubo muertos, heridos, mutilados a lo largo de todo nuestro territorio. Y de nuevo se escuchó que en Chile se violaban derechos humanos. Más de treinta años después del final de la dictadura. Algo no se ha resuelto. Algo debería un día imprescindiblemente serlo.

Pero más allá del relato, ya que cada uno tiene el suyo, ¿en qué estamos hoy políticamente?

Lo que desespera a algunos, es que no se ha encontrado aún “solución” a esta nueva dialéctica del planteamiento político que ha sido fruto del estallido. Pero quizás no haya una. O por lo menos, no a corto plazo. Quizás es un proceso en curso y sobre lo que desembocaría realmente, solo eso se apreciará a mediano y largo plazo. Hay que entender que el mundo de antes nunca más será. Y también hay que integrar que la implementación de nuevos paradigmas no se hace de un día para otro. Sin embargo, uno no puede dejar de observar que en lo concreto, en cosas fundamentales, hay muy pocos cambios. Siguen los créditos con tasas de intereses demenciales, rigen los mismos precios en el ámbito inmobiliario, en el de la educación, en la salud; en todo lo que tiene que ver con el diario vivir.

Si miramos Antofagasta, esta sigue siendo una ciudad contaminada, donde la tasa de personas con cáncer es sujeto a controversia, donde la cantidad de niños con diagnóstico TEA, es decir de “Transtorno de Espectro Autista”, se ha ido incrementado con el tiempo (y eso lo comprueban datos duros) y, menos grave pero no menor, el centro de la ciudad en vez de volver a brillar, desaparece bajo el humo de las parillas. Tampoco hay mejor salud, ni mejor infraestructura, ni mejor educación. La Gran Minería; que supuestamente puede irse si se aplica un royalty muy alto, lo que equivale al pataleo de un niño, codicioso, taimado; la única vez que ha parado o frenado algo de sus actividades, fue durante el estallido. Solo ahí, puso el freno de mano. Durante el Covid, algunas compañías aprovecharon de pasar de turnos “7 por 7”, que muchos discuten, para implementar unos de “14 por 14”. Igual si eso no duró, algo significa.

No todo es culpa de la Convención, no todo es culpa de los políticos, no toda la idiosincrasia es mala, no todo es negro y blanco, y no todo puede analizarse bajo el espectro de amigo/enemigo. Hay una cantidad de variables que deben ser consideradas y a un momento dado enfrentadas. Es inevitable para tener un mejor país. Porque al final, es eso lo que nos espera al termino de este no tan corto camino. Porque en el peor de los casos, el “18-O” ha logrado que Chile se mire a si mismo, sin filtro ni velo. Y eso, indiscutiblemente, es un avance.

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