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lunes, septiembre 26, 2022

De qué hablamos cuando hablamos de Pueblo

"Al asimilar al pobre con Cristo, otro de los grandes imaginarios de nuestras sociedades, de algún modo, se anula la pluralidad, la contradicción interna, las pugnas, como si fuesen una suerte de mundo homogéneo y sacro", Marcela Mercado Rubina, Gestora Cultural

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Una de las discusiones que se ha tomado las redes con posterioridad al plebiscito del 4 de septiembre, es el voto mayoritario por la opción “Rechazo” de parte de las comunas con menores ingresos o aquellas que se ven afectadas por problemas tales como la carencia de agua o gran cantidad de sectores viviendo en marginalidad.

La primera reacción en redes fue discutir, en tono denostativo,  el voto de comunas populares por esta opción, argumentando que sería contradictorio dicho voto en atención a las carencias de varios tipos que las afectan.

Entonces, lo que es interesante de pensar es cuál es la representación que existe de los pobres o marginados y que afectan situaciones como ésta.

El argentino César González publicó el año 2021 un libro llamado “El fetichismo de la marginalidad”, que es una reunión de ensayos en los que el autor explora las imágenes, representaciones y discursos sobre la marginalidad y sobre la pobreza. Lo piensa en imágenes, pues se dedica al cine, pero también lo piensa en las representaciones sociales, en los discursos, en los núcleos de debate que exceden las imágenes. César González es alguien que viene pensando estas cuestiones desde su propio lugar de enunciación: él mismo nació en la Villa Carlos Gardel en Buenos Aires, hijo de una familia muy humilde, estuvo preso entre los 16 y los 21 años y luego, a partir de sus lecturas en la cárcel se convirtió en escritor y cineasta.

Él plantea la idea del “fetichismo” de la marginalidad pensando en cómo aparece esta idea en los medios, en los noticieros, en los programas de televisión, en las series y en las películas.

La idea de “fetichismo” la recupera de Marx, señala: “la idea de fetichismo nos habla de una forma de creencia o práctica religiosa donde se consideran los objetos como poseedores de poderes mágicos o sobrenaturales. Eso es lo que hacemos los individuos con las mercancías, según Marx, y eso es lo que hacen los artistas con la marginalidad. Es decir, se lo aborda desde una perspectiva fantasiosa, no empírica, sino mitológica. La marginalidad se representa en pasado como una leyenda de un carnaval canibalístico de feroces perros mutilando sus propias patas, homogéneas piedras que no se dejan erosionar por ningún sentimiento, cuasi humanos, criaturas extraviadas del orden natural, analfabetos que no pueden firmar el contrato social.”

Podemos pensar que en estas representaciones lo que se busca hacer sentir al espectador es el impacto o, en general, algún tipo de desagrado o de consumo del exotismo. Lo que prima en estas representaciones es la marginalidad como personajes estereotipados, que refuerzan estigmas sociales o, bien, señala el autor aparecen representaciones del tono de “canción jesuita”: hay una moraleja moralista de que los oprimidos o son violentos o son obedientes, que esperan el paraíso; esto de que los pobres son abnegados, se sacrifican y existe toda una épica del sacrificio. Todos estos matices los podemos encontrar en las comedias o novelas que se producen en nuestro país y que son emitidas en horario vespertino: hay una descomplejización, una despolitización, lugares donde no se problematiza cómo se llegó a esas situaciones de marginalidad y de pobreza. En general, los agentes que aparecen son el “político corrupto” o el “rico déspota”. No se habla, en general, de sistemas económicos ni de políticas públicas. El autor hace hincapié en que no se pone nunca de manifiesto, ni siquiera de modo retórico, que es una clase observando o representando a otra clase social, construyendo un imaginario.

El pobre no es Cristo

La idea de encontrar a Cristo en el pobre es tan antigua como el capítulo sobre el juicio final del evangelista Mateo” señala el teólogo Jorge Costadoat en una columna suya publicada en la Revista Mensaje, número 48 del año 1998. Señala,  “La historia misma de la Iglesia es la de una religión que se ha responsabilizado de los pobres por dos mil años como en ellos se encontrara a Dios y no a seres humanos sin más.” Y es interesante cómo el jesuita sigue en el texto y pone en cuestión este hecho, preguntándose: “¿es posible admitir algo semejante?

Si bien la columna está escrita con un profundo sentido teológico y apego a la doctrina de la Iglesia, podemos encontrar en ella algo del orden desestabilizador cuando señala “Para los cristianos, Jesús es Dios. Y Dios, si bien se manifiesta en la creación, como el músico en su música, no es parte de ella más que en el caso de Cristo. María no es Dios. Los pobres tampoco lo son.”

Desde una lectura personal, podemos leer que el planteamiento de Costadoat rompe con esa homogeneidad que pretende darse al pobre y le quita el sentido “fetichista” con que está construido: el pobre no es Dios, el pobre es un Otro.

El pobre no es Cristo. Es muy sano notar la diferencia” “Ellos, como todos, tienen muchos vicios y taras” y agrega, luego,Cuando no se observa esta diferencia se cae en mistificaciones de los pobres, del pueblo y de las causas populares que, en vez de ayudar a los pobres a salir de la pobreza, sirven, paradójicamente para mantenerlos en ella

Al asimilar al pobre con Cristo, otro de los grandes imaginarios de nuestras sociedades, de algún modo, se anula la pluralidad, la contradicción interna, las pugnas, como si fuesen una suerte de mundo homogéneo y sacro.

Existe una trampa del lenguaje cuando hablamos de “el pobre”, “el pueblo”, “los sectores populares”  Si bien es cierto, los pobres son traídos a la luz cada vez que se quiere investigarlos, asediarlos, pensarlos, cuantificarlos, medirlos, hacer estadísticas acerca de ellos, hay algo del orden de la dominación que hace que sigan siendo representados como un todo homogéneo y desproblematizado, despolitizado.

Sería interesante ver cómo se piensan culturalmente a sí mismos: al parecer, la votación del 4 de Septiembre, tuvo un atisbo de eso.

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Roberto Muñoz
Roberto Muñoz
11 days ago

En el fondo ella cae en la misma clasificación que usa el comunismo marxista. Dividir a la sociedad en buenos y enemigos. Como dijo Gutierrez: el facho pobre es un desclasado si no vota por la izquierda y le faltó decir que se convierte en el enemigo. El indigenismo actual es la nueva herramienta del comunismo para dividir a la sociedad en buenos y malos, ya que la antigua oligarquía ascendió socialmente y ya no defiende las ideas de la revolución (menos en sociedades no totalitarias).

Gustavo Tapia
Gustavo Tapia
11 days ago

El pobre es una realidad, víctima de carencias concretas determinadas por un sistema de expoliación santificado por los poderosos, una minoría, contra una mayoría victimizada a través de las armas, cruentas mayormente, en función de los privilegios de élites excluyentes y mezquinas.

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