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jueves, julio 7, 2022

Hernán Rivera Letelier: “Que me entierren en un cementerio perdido en el desierto, cosa que para el día del escritor no lleguen los poetas”

El escritor, cuya obra ha sido traducida en más de 20 idiomas, fue propuesto nuevamente para el Premio Nacional de Literatura. "A mí no me dieron ningún consejo, porque comencé a escribir sin conocer a nadie que lo hiciera o que leyera. Me tuve que hacer solo, a puros costalazos", dijo sobre sus inicios en la literatura. Sobre la contingencia, mencionó que su opción es el Apruebo y lamentó que en los próximos años probablemente no quedará nada del patrimonio salitrero en el desierto.

Debe leer

A los 24 años Hernán Rivera Letelier tomó todo lo que había escrito desde los 18 y lo quemó. La librería de la oficina salitrera Pedro de Valdivia, por primera vez tenía a la venta un libro y era la Antología de la Poesía Chilena Contemporánea, de Alfonso Calderón. Con ese texto, Rivera conoció a Parra, Huidobro, Pablo de Rokha, Neruda, Gabriela Mistral, Manuel Silva Acevedo, Gonzalo Millán. “Tomé toda mi producción y la quemé, porque ahí descubrí que la poesía era otra cosa, yo andaba por otro lado”, confesó el escritor.

Con 71 años y su obra traducida en más de 20 idiomas, el nombre del novelista de la pampa es propuesto por quinta ocasión para el Premio Nacional de Literatura. “Un premio no te hace peor ni mejor escritor”, dijo Rivera, agregando que, si lo recibe, será un retribución a la perseverancia y al trabajo. El reconocimiento no lo desespera y como ejemplo relató que en la época que ya tenía tres publicaciones con mucho éxito todavía no se sentía digno de poner en su pasaporte la palabra “escritor”.

La “sala de parto” de Hernán Rivera Letelier ubicada en la parte trasera de su hogar en Antofagasta | Foto: Timeline.cl

La entrevista se realizó en lo que el escritor llama la “sala de partos” de sus obras, una habitación llena de libros, fotografías familiares y personales, un lugar que brinda la soledad que necesita para producir y que considera un lujo al compararlo con el espacio en el que comenzó en la literatura. Como un amante de su libertad en todo sentido explicó que no pertenece a ningún partido político, a ninguna congregación religiosa, ni un a club social, tampoco a la Sociedad de Escritores de Chile ni nada que “tenga normas, estatutos o reglas”.

Durante la pandemia escribió otro libro que publicará los primeros días de octubre, “Hombres que llegan a un pueblo”, compilación de tres novelas cortas con historias que se desarrollan en oficinas salitreras, concepto clave en su formación y en la inspiración de su obra. La posteridad le importa un carajo y si alguien quiere homenajearlo, tiene que ser en vida. “Incluso le dije a mi mujer que el día que muera no le avise a nadie, que sencillamente me entierren y chao pescado. Que me entierren en uno de esos cementerios antiguos que están en la pampa, perdidos en el desierto, cosa que para el día del escritor no lleguen los poetas”, aseguró entre risas.

  • Esta es su “sala de partos”, ¿qué significa este lugar?

Aquí doy a luz mis obras, aquí escribo. Esto para mí es un lujo, empecé escribiendo en la cocina en la pampa y después en el patio, nunca tuve una pieza. Desde que apareció “La Reina Isabel cantaba rancheras” y me gané el concurso, de ahí en adelante tuve una pieza para mí solo. Es indispensable tener un espacio propio donde encerrarse a escribir, a estar solo, a sentir esa soledad que es la puerta de entrada a la espiritualidad. Todos los días necesito una dosis de silencio, de soledad y eso me lo enseñó el desierto.

  • Comentaba antes de la entrevista que un día sin escribir es un día perdido.

Un día miserablemente perdido. Escribo todos los días, a veces en la mañana, en la tarde, en la noche o a veces todo el día. Tengo dos récords, uno de 14 horas continuas en que me llevaron el desayuno, el almuerzo y la once a la pieza. Y en el otro récord, o anti récord, no hice nada en todo el día y antes de acostarme prendí el computador, busqué la novela que estaba haciendo, fui al capítulo, pesqué el párrafo, le puse una coma y lo apagué.

  • Un grupo de antofagastinos los está proponiendo para el Premio Nacional de Literatura. ¿Qué le parece esta quinta nominación?

Es como buscarle la quinta pata al gato. Me dejo querer, acepto que me postulen y siempre digo que tal vez como persona no merezca el premio, pero creo que mi obra sí lo merece. Un premio no te hace peor ni mejor escritor, si es que me lo dan, será un premio a la perseverancia, al trabajo. En arte, el talento es el uno por ciento, 49% es trabajo, esfuerzo perseverancia y el resto, el 50% es suerte, si no tienes eso no pasa nada. Pero la suerte la atrae el trabajo, por ejemplo, la “La Reina Isabel cantaba rancheras” la trabajé durante cuatro años, la pulí, la recontra pulí y se ganó el premio. Sin ese trabajo, no habría pasado nada.

  • Sus obras son éxitos internacionales, traducidas en multitud de idiomas. ¿Por qué cree que no ha recibido el premio?

Las cuatro veces que me han postulado estuve a punto, pero siempre hubo otro considerado con más carrera, más éxito o mejor escritor y hay que acatar. Una vez me ganó don Volodia Teitelboim, en otra ocasión Isabel Allende.

  • ¿En estos círculos afecta el centralismo, sería más fácil ganar si viviera en Santiago que en Antofagasta?

Seguramente, en Santiago estás más cerca de los jurados, los conoces o no sé. El hecho de estar a mil 300 kilómetros de distancia del centro del país también tiene sus partes buenas y sus partes malas. La parte mala es que no tienes los pitutos en Santiago y la buena es que estás lejos de los conventillos y de todo ese hueveo.

  • ¿Si tuviera hoy 20 años sobre qué escribiría?

No escribiría, pasaría puro tirando. No… Empecé a escribir a los 18 años y como todo el mundo comencé con poemas. Hay gente que confunde poesía con poemas y el poema es un envase de la poesía. He visto poemas sin una gota de poesía y he visto novelas llenas de poesía. La poesía es el motor del arte y un cuadro sin ella es un cuadro muerto. Soy un poeta que escribe novelas, porque escribí poemas durante 15 años, después pasé al cuento y a la novela.

  • ¿Si hubiese nacido en esta época no sería escritor?

No sé, nadie puede decir eso. Pero nací en Talca y lo que sé es que, si me quedaba ahí, no sería escritor. El desierto fue el que me instó a escribir, sino me hubiese estrellado con la libertad que da este desierto… Me crie en una oficina de tres cuadras con calles de tierra, en medio de la nada, de la pampa rasa, donde teníamos todo el desierto como patio para jugar, era una libertad absoluta y esa libertad la trato de mantener siempre. Soy un tipo que ama su libertad en todo sentido de cosas, no pertenezco a ningún partido, a ninguna religión, club social ni a la SECH (Sociedad de Escritores de Chile), nada que tenga normas, estatutos o reglas. Nada que coarte mi libertad, a penas los cordones de los zapatos.

  • Comenzó a escribir a los 18 años. ¿Qué consejo le daría a ese joven respecto de la literatura o de la vida?

A mí no me dieron ningún consejo, porque comencé a escribir sin conocer a nadie que lo hiciera o que leyera. Me tuve que hacer solo, a puros costalazos y leyendo, leyendo y releyendo. Creo que para el joven que empieza a escribir es fundamental leer, si no lees, no llegas a ninguna parte. Algunos dicen que no leen para no influenciarse y es la estupidez más grande que he escuchado, porque es lo mismo que si un cineasta no viera cine o que un músico no escuchara música. El que escribe tiene que leer y si me pudiera dar un consejo a los 18 años, sería lee más, porque en aquel tiempo teníamos poco acceso a libros en la pampa. Entré a una biblioteca a los 24 años en Pedro de Valdivia, porque me crie en Coya Sur y no había. Cuando llegué a trabajar a Pedro de Valdivia descubrí una biblioteca y cuando entré era un paraíso, no podía ser, tantos libros juntos. Ahí empecé a leer más seguido.

  • ¿Con qué autores comenzó?

Con los poetas, leí toda la poesía que encontré. Escribía mis poemas sin tener la mínima noción de lo que era la poesía, me acordaba de los versos que había leído en la escuela en el Silabario, entonces no concebía un poema sin la palabra crepúsculo o palabras pitucas de día domingo.

En la librería de Pedro de Valdivia se vendía de todos menos libros. Un día paso y veo uno y dije, no puede ser, me acerco y era Antología de la Poesía Chilena Contemporánea, de Alfonso Calderón. Lo compré y descubrí lo que era la poesía, descubrí a Parra, Huidobro, Pablo de Rokha, Neruda, Gabriela Mistral, Manuel Silva Acevedo, Gonzalo Millán. Tomé toda mi producción y la quemé, porque ahí descubrí que la poesía era otra cosa, yo andaba por otro lado. Empecé a escribir a los 18 y estuve seis años escribiendo. Todo eso lo quemé y en nueve años hice la poesía nueva y gané 26 concursos, después pasé al cuento.

  • Ver por primera vez un libro en esa librería fue la puerta para descubrir cómo era la poesía.

A los 24 años fue la primera vez que tuve un libro de poesía en mis manos. Hay una anécdota que cuento siempre que voy a dar charlas a los colegios para darle un palo a los profesores. Iba en tercero básico, tenía diez años y para Fiestas Patrias el profesor nos da una tarea para la casa de hacer una composición. Se escogería la mejor del curso, esa competiría con la mejor de los otros cursos y la mejor de la escuela se leería en el acto matinal. Yo era un pichanguero penitente, pasaba jugando a la pelota con pelota de trapo y a pata pelada. Llegué a la escuela sin la tarea, el profe comienza a revisar y como me sentaba atrás con los que molestaban, empecé a escribir una composición, una hoja llena que fue la mejor del curso y de la escuela. Pero ningún profesor se me acercó a decirme “mira niño te veo cierta condición para escribir, te aconsejo que leas”. Nadie dijo nada, nadie dijo nada, nadie dijo nada, como el poema de Pezoa Véliz. Cuando voy a los colegios cuento esto para que los profesores se fijen en los talentos de los niños, los desarrollen, los guíen.

  • ¿Viene un próximo libro?

Siempre hay un próximo libro. En la pandemia escribí cinco novelas cortas, tres ocurren en el desierto, en la pampa y otras dos fuera de ella. Los primeros días de octubre voy a publicar una que se llamará “Hombres que llegan a un pueblo”. Me di cuenta de que escribí tres novelas cortas sobre el mismo tema, un hombre que llega a un pueblo. Una de ellas cuenta de un fotógrafo, con esas máquinas antiguas de cajón, que llega a una oficina cerca de Pedro de Valdivia. La otra es un charlatán que llega a la oficina Tricolor y el otro es un violinista que llega a Altagracia.

  • ¿Hay algún escritor que llame su atención?

Actualmente leo poco, lo que hago es releer a mis maestros del año 60, estoy siempre pescando los libros de Rulfo, García Márquez, Leopoldo Marechal, Onetti.

  • ¿Cuál fue el último libro que lo cautivó?

Seda, de Baricco, un italiano, se los recomiendo, es buenísimo. Trata de los tiempos en que los franceses iban a China a buscar los gusanos para hacer seda, es una aventura espectacular.

  • Dijo que en lo personal busca la soledad, ¿recomendaría eso a los jóvenes escritores?

No, no todos necesitan eso. Puedo escribir en un café lleno de gente, con bulla y todo, se puede caer el mundo a pedazos y yo inmerso. Me tuve que hacer esa concentración blindada porque en la pampa, en el campamento durante un tiempo no había casas y nos daban una pieza a los casados. Con dos hijos y vivía en una pieza como esta (su “sala de partos”) con las camas, los muebles, la lavadora. Tenía una mesa chica de un metro cuadrado y estaba la cocina, la mesa, la tele y yo escribiendo al medio, los niños viendo tele y mi señora haciendo la comida. A veces estoy en el café con mi computador y la bulla puede ser tremenda, pero estoy concentrado. Una vez un tipo se me acercó, porque había una bullanga extrema en el café, y me dice “don Hernán, se puede concentrar con toda esta bulla”, y sin levantar la cabeza del computador le digo “siempre que no venga un hueón y me hable”.

  • ¿Cómo observa todo lo que está ocurriendo en el país con el borrador de la Constitución? ¿Tiene algún opción?

Por supuesto que estoy por el apruebo. Desde el principio dije en algunas entrevistas que la derecha no se iba a quedar tan tranquila, que iba a meter la cola y es lo que está haciendo, tratando de hundir la nueva Constitución. Pero no lo van a lograr.

  • ¿Cuál es su mayor esperanza y mayor temor sobre el futuro de Chile?

La esperanza es un cambio fundamental para que no sea tan grande la brecha entre los que tienen y los que no. Y que se acabe la corrupción, eso nos corroe por dentro, de pronto no sabes a dónde mirar, miras a los políticos, corrupción, los soldados, corrupción, los pacos con la corrupción, la industria y la corrupción.

  • ¿Palpa una sociedad más individualista?

Todos quieren ser exitosos y hacer cualquier hueá por el éxito, por la fama, que no es igual que éxito. Algunos venderían hasta su mamá por una cuota de fama y eso está mal. Falta compañerismo, solidaridad.

  • ¿Cómo le gustaría ser recordado a nivel personal y profesional?

Una vez me hicieron la pregunta cómo me gustaría que me recordaran y dije que la posteridad me importaba un carajo. Si quieren hacer algún homenaje que me lo hagan en vida, después de muerto me importa un carajo. Incluso le dije a mi mujer que el día que muera no le avise a nadie, que sencillamente me entierren y chao pescado, que no vayan los poetas a leerme poemas. Que me entierren en uno de esos cementerios antiguos que están en la pampa, perdidos en el desierto, cosa que para el día del escritor no lleguen los poetas (ríe).

  • ¿Qué le molesta del ambiente artístico?

Todos quieren ser el director o el presidente del club de escritores o qué se yo. Siempre he sido un francotirador, siempre solo. Amigo de todo el mundo, pero no participo en talleres, ni centros de escritura, no me he inscrito ni en la SECH, que los tipos publican un opúsculo y corren a inscribirse para que les den el carné y ya se sienten escritores. Y se presentan como tal, “Juan Pérez, escritor”, “Juan Pérez, poeta”. Escribí poemas por 15 años y nunca me sentí digno de que me llamaran poeta. Tenía tres novelas con mucho éxito y no me sentía digno de poner en el pasaporte “escritor”, me daba cosa. En la cuarta novela llegué a poner escritor, pero con harta vergüenza. Y estos hueones publican un pasquín y corren a inscribirse.

  • Hoy existe una industria de contingencia, pasa algo y a las semanas vemos un libro sobre aquello. ¿Qué mirada tiene respecto de eso, se puede reflexionar sobre lo que está ocurriendo?

Eso es de ahora y no podría escribir así. Es como si muere tu mamá y sobre el cadáver tibio escribieras un poema. Yo tengo que dejar enfriar las cosas y tomar cierta distancia en el tiempo.

  • En esa distancia, ¿más adelante podría escribir un personaje en el contexto del estallido social?

Cuando estábamos en el estallido, la gente me decía porqué no escribe sobre esto y es porque está pasando, no puedo, tengo que alejarme un poco. Por eso escribo sobre la pampa y los años 60, 70.

  • ¿Qué le parece el estado en el que se encuentra el patrimonio de la pampa en la región?

Siempre he dicho que las autoridades se pitearon un monumento al salitre. En la pampa hubo más de 300 oficinas, paradas quedan dos o tres y las demás las desarmaron porque eran inservibles. Y digo que es lo mismo que los chinos desarmaran la muralla china porque ya no sirve, o que los egipcios desarmaran las pirámides. Se la farrearon, cuando en cien años más se quiera estudiar la historia de la pampa, del salitre, no habrá nada en pie, excepto mis libros.

1 Comentario

  1. Hombre emblemàtico, talentoso y prodigioso de la pluma, pero con una odiosa soberbia personal, que no representan al verdadero “hombre pampino”!
    Su arrogancia intelectual, probablemente le impida ser reconocido entre sus pares.
    Los antofagastinos lo admiran y se le acercan para hablarlo, pero èl, pone barreras kinèsicas. Deberia trabajar este aspecto personal.
    Nadie responde: “Mientras un weòn no me hanle”!
    Què se cree?

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