Chile tiene más de 4.300 kilómetros de costa donde predominan los roqueríos, acantilados, laderas y playas, en su mayoría no aptas para el baño: la temporada 2026-2027 tuvo autorizada 61 de novecientas playas que existen en el país. Es una paradoja que se agudiza con el retroceso acelerado de playas naturales, marejadas más intensas y los costos de errores en la planificación costera.
Hoy se proyecta que al menos tres playas del norte de Chile podrían desaparecer en las próximas décadas si no se interviene oportunamente. En localidades como Hornitos o sectores cercanos a Taltal, la pérdida anual de arena alcanza hasta dos metros por año en algunas de éstas. A 2050 habrá playas que desaparecerán.
Frente a este escenario, las playas artificiales se transforman en una política pública estratégica. Experiencias como la nuestra, en Antofagasta lo demuestran. Hace dos décadas, una ciudad de 280 mil habitantes y que en la actualidad tiene más de 500 mil, con más de 23 kilómetros de costa, contaba prácticamente con un solo balneario. Hoy existen cuatro playas artificiales, cada una con entre 250 y 300 metros lineales, capaces de recibir cada una hasta 2.500 personas por jornada, en un contexto donde el uso de las playas se extiende mañana, tarde y noche.
Estas playas no llegan solas. Vienen a potenciar el borde costero, acompañadas de paseos, áreas recreativas, de descanso, comercio local, iluminación, seguridad y dinamismo urbano. Han cambiado la cara de la ciudad y, más importante aún, han salvado vidas: desde su implementación, los accidentes fatales por inmersión han sido casi nulos, muy por debajo de lo que ocurre en playas abiertas y no protegidas del centro y sur del país.
Lo mismo ocurrió en Tocopilla. Donde antes había solo roqueríos, hoy existen dos playas como Covadonga y El Salitre, que se han transformado en el principal espacio de encuentro comunitario no solo en la época estival. Esto ocurren ciudades del norte, donde no hay ríos, bosques ni lagos, la playa es el único espacio de recreación masiva.
Estas obras toman tiempo, no son de un día para otro. Cinco años a lo menos entre que nace la idea y se ejecuta la obra no son poco, pero precisamente por eso deben entenderse como políticas de Estado, pensadas para quienes no tienen los recursos para desplazarse cientos de kilómetros en busca de descanso o recreación. Es aquí donde la labor de la Dirección de Obras Portuarias del MOP cobra pleno sentido: planificar, diseñar y ejecutar infraestructura costera que proteja, recupere y generalice el acceso al mar.
El futuro del borde costero chileno no pasa solo por resistir las marejadas, sino por disipar su energía, recuperar arena, proteger ecosistemas y crear espacios seguros y durables. Las playas artificiales, acompañadas de bordes costeros integrales, no solo son parte de la solución: son parte del futuro del Chile costero que ya estamos viviendo.












