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jueves, septiembre 16, 2021

Parque Jurásico

"Conviene preguntarse ¿qué significa ser de izquierda o derecha, hoy en Chile? Y en el caso de la izquierda, retomando a Mujica, ¿quién podría aventurarse para proponer una definición unificadora?", Cristian Zamorano, doctor en Ciencias Políticas

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En un reciente programa radial, difundido y disponible en este mismo medio, se instaló una discusión en torno a la pertinencia de la división política en términos de “izquierda” y “derecha”. Últimamente, el vicepresidente de la Convención Constitucional, Jaime Bassa, indicaba que el “eje izquierda-derecha, hoy, no explica completamente la correlación de fuerzas sociales que empujan el proceso constituyente”. Como él mismo lo señala, esto no impide que exista un verdadero y potente “continuo político, social y electoral, muy claro, que se proyecta desde la Revuelta hacia el Plebiscito de octubre de 2020 y hacia las elecciones de mayo del 2021, y que es bastante consistente”.

El problema que se plantea acá para los partidos políticos tradicionales, que forman parte de las coaliciones que gobernaron Chile desde el regreso de la democracia hace ya más de tres décadas, es quedar lo menos posible fuera del proceso político que está viviendo el país, ya que lógicamente deben, a pesar que no quieran, asumir culpas, responsabilidades y la falta de legitimidad concomitante a tales desempeños. Efectivamente, según Bassa, el desafío consiste en “terminar con las formas de dominación, sin excluir a quienes han protagonizado esas formas de dominación”. Eso involucra a los partidos de derecha como de izquierda, y también a los llamados de centro. Y algunos más que a otros.

Cuando Gabriel Boric ganó las primarias de la “izquierda”,  “Pepe Mujica”, gran luchador de larga trayectoria en diferentes trincheras, se dirigió a él indicándole que “la izquierda se divide por ideas y la derecha se une por intereses”.  Hay un viejo dicho que profesa que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Sin embargo, conviene preguntarse ¿qué significa ser de izquierda o derecha, hoy en Chile? Y en el caso de la izquierda, retomando a Mujica, ¿quién podría aventurarse para proponer una definición unificadora?

Hace algunas décadas, ser de izquierda era muy simple de definir. Se era de izquierda cuando se luchaba por la transformación de la sociedad, eran aquella mayoría que reivindicaba ser la voz de los excluidos, que se erguían contra una minoría de privilegiados, eran los defensores de la emancipación de conciencias contra los nostálgicos y defensores de la inmutabilidad de condiciones de vida y de pensamiento. Unos verdaderos protagonistas de la Historia en marcha.

También, se era de izquierda cuando se vivía en poblaciones «callampas», cuando se era obrero, minero o simplemente cesante; los llamados izquierdistas o “zurdos” escuchaban a Violeta Parra, Víctor Jara, Patricio Manns. Todas esas características, que parecían simples ayer, se fueron disipando con las nuevas generaciones, que fueron generaciones que crecieron en un entorno “liberal”, no solo económicamente hablando, también de esencia, de ethos, de espíritu; que evolucionaron en un espacio sino público, a lo menos en un espacio que se viviese como una especie de extensión del privado, y que está llamado a reconocer, garantizar y respetar las particularidades que caracterizan a cada ser como una persona única. En ese contexto, la dicotomía izquierda/derecha no puede aplicarse hoy tan drásticamente como antes. Irónicamente, podríamos decir que ser de izquierda para un joven adolescente, es pertenecer a una cosa que existía antes que Internet.

¿Pero qué pasó justamente? ¿Quién revolvió́ tanto las cartas a tal punto que nadie entiende nada y todos tienen razón?

La revolución tecnológica, numérica, binaria o cómo se le quiera llamar; “la cuarta revolución industrial” según Klaus Schwab; enterró́ rápidamente la conciencia y la lucha de clases… o por lo menos nos ha dado esa impresión. Sin conciencia de clase, sin la íntima convicción de pertenecer a un grupo masivo de pares, no hay movimientos de masa para reclamar los necesarios cambios sociales, porque no hay interés común para reivindicar los mismos derechos; hay menos posibilidad, por consecuencia, de construir una cultura popular destinada a cambiar el curso de una sociedad.

Sin embargo, desde lo empírico, siguen existiendo diferentes clases sociales. Y por definición, hay menos gente que constituye las llamadas “clases altas”; las que gozan de privilegios que estos no quieren compartir según lo que dejo entender la Primera dama el 18 de octubre 2019. Y hay, objetivamente, muchas más personas en los que constituyen las clases medias y bajas. Ahora, empleados de servicios básicos, meseros, choferes Uber e Indriver, distribuidores «delivery», creadores de pymes, auto-emprendedores: ¿qué tienen en común estos trabajadores o pequeños empresarios si no es el sentimiento confuso de pertenecer a una clase social cuyos contornos no están bien definidos y que tampoco benefician, ni por parte de la derecha ni más sorpresivamente por parte de la izquierda; de una protección y representación claramente definida? “Los pobres del mundo y los esclavos sin pan” no se ponen de pie, todos juntos, de manera espontánea y natural. “Contra el presente vergonzante”, no estoy seguro que sea Paula Narváez la persona que venga en mente como la que deba imprescindiblemente “surgir ya”. (letras respectivas de la Internacional comunista y socialista). ¿Y en el fondo… a quién representa Paula Narváez?

Dos izquierdas siempre se han mirado con desconfianza desde hace más de un siglo y el resultado final ha sido el fracaso de esas dos mismas izquierdas. La URSS se derrumbó como un castillo de cartas y los socialdemócratas perdieron todo crédito debido a sus alianzas dudosas y sus políticas que no se diferenciaron mucho, sobretodo en el caso de Chile, con las de un gobierno neoliberal.

El resultado de todo aquello es el siguiente: estos dos modelos,  al igual que el propuesto por la derecha, ya no hacen soñar a las grandes mayorías. Y sucede lo mismo con los que se dicen encontrarse en el medio. Los partidos políticos pueden aún estar vigente, estar en la maquinaria, saber cómo mantenerse votando “proyectitos” de centenares de millones en las instancias correspondientes; pero mística, ya no tienen. Y tampoco la pueden comprar. Hoy, ya no existen teorías globales, muchas derivadas o en respuesta al pensamiento marxista, que permitan tomar en cuenta todas las realidades que vivimos y esquematizarlas en una y sola teoría unificadora. En nuestra contemporaneidad, se entrecruzan unas miradas de teorías que cohabitan las unas sin preocuparse por las otras. La separación “izquierda – derecha”, no es tan neta como en el pasado porque poco a poco ha sido remplazada por otras diferenciaciones; los pro-sistema y los anti-sistema, o bien lo que está muy de moda hoy, por los del « pueblo » que están en contra de las «elites».

Cuando vemos, por ejemplo, las posturas que se están tomando en relación con un eventual cuarto retiro, sean legítimas y correctas o no estas posturas, es este último filtro de lectura mencionado que se utiliza. Y se clasifica como estando en pro del sistema, obviamente, a las elites económicas y políticas, a la finanza, a la bolsa, al gran empresariado internacional, algunos llegando, siempre, hasta los judíos y masones. Del otro lado de la vereda, encontramos el pueblo, los trabajadores, el ciudadano que utiliza el metro y/o la micro y que va de compras a las ferias libres. Aquel de sentido común. Aquel que sufre. En sí, observándolo bien, algo de lucha de clases, que se ignora, hay en aquella dicotomía. Marx aparentemente, y en realidad, aún sobrevive.

Pero existen también otros tipos de diferenciación, quizás de igual importancia. Los (mal) llamados “pro-migrantes” y aquellos que consideran que son un lastre para el país. Los pro-innovaciones y los que rezan por el statu quo, los tecno-filos versus los tecno-fobos; los que comen carne, salchipapas, chunchules contra los veganos; los que aceptan las diferencias de géneros y los tradicionalistas reivindicados, y así podríamos continuar enumerando muchas otras diferencias… Y recordar, nostálgicamente, que antes solo se diferenciaban en canciones a los “guatones y pelaos”.

Históricamente, la izquierda siempre se quizo situar del lado del progreso y la derecha defendiendo el orden, pero vemos hoy en día que en este nuevo contexto, ambos espectros están completamente sobrepasados. Véanse simplemente las últimas declaraciones del Presidente de Perú, de extrema izquierda, que quiere enviar a los jóvenes que no trabajan y no estudian al servicio militar. Por ende, el hecho no es solo que hayan nuevas diferencias, además, estas no son automáticamente atribuibles a un campo u al otro. Estas controversias son opiniones totalmente híbridas y cambian según los individuos, los estados de ánimo, el tiempo, las oportunidades, etc.

El sincretismo político no es algo nuevo, pero debemos reconocer una acentuación devastadora estos últimos años. El nacionalismo, el patriotismo, el imperialismo (ya no exclusivamente estadounidense), el racismo, el antisemitismo, el antiparlamentarismo, la ecología, el modelo occidental, estos y muchos otros ejemplos y temas, escapan al debate y a la simple oposición izquierda /derecha.

No es solamente el supuesto o real fracaso histórico de las ideologías, ni las diferencias atenuadas de la izquierda/derecha que han modificado el espectro político. Ha sido la emergencia de una conciencia «moral» y de «indignación» que ha llevado a levantar nuevas trincheras «políticas». Y es una característica que se replica en numerosos países.

Las generaciones nacidas después de la caída del muro de Berlín y transición democrática en Chile, las que nacieron más recientemente en el pleno boom de la “revolución internet”, se construyeron bajo esta última lógica ética/conceptual a través de la cual se está mirando el mundo actual. Hoy se defienden causas una a una y, en ningún caso, agrupadas en un solo cuerpo organizado, es decir mirada a través de un solo corpus doctrinal. Sin lugar a duda, es un mundo con menos centralidad, pero es un mundo en el cual una gran cantidad de sus actores aspira a que reconozcan sus derechos, libertades individuales y que se tenga más respeto con los animales y la naturaleza. ¿Un mundo de cristal? En todos los casos, es el mundo que está y que se viene; y sobretodo, es importante recalcar que sin bienestar y una tasa de desigualdad algo más aceptable que las que conocemos en Chile; las bellas palabras de libertad y derechos pierden mucho de su significado. Porque como lo escribía Montesquieu, “la libertad; es ese bien que nos permite gozar de los otros bienes”. Me permitiría agregar, y viceversa.

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