El Presidente José Antonio Kast eligió una palabra imposible de rechazar para su debut en cadena nacional: reconstrucción. Difícil estar en contra. Incendios, familias que lo perdieron todo, urgencia nacional. Hasta ahí, todo alineado. Pero basta rascar un poco la superficie para que la reconstrucción empiece a parecerse sospechosamente a otra cosa: una reforma tributaria con beneficiarios bastante claros… y bastante rápidos.
Porque mientras el país escucha un llamado a levantarse, lo que aparece en el detalle es una batería de medidas que ya conocemos de memoria: baja de impuestos a las empresas, reintegración del sistema, facilidades para blanquear capitales, con una amabilidad que no suele verse para otros contribuyentes, y rebajas a las donaciones. Todo bajo el paraguas de una idea tan repetida como conveniente: primero crecer, después ayudar. El orden, por supuesto, no es casual.
El problema es que en ese “después” cabe prácticamente cualquier cosa… incluso nada. Porque los beneficios para las empresas no esperan: son inmediatos, concretos y medibles. En cambio, los beneficios para las personas llegan en formato promesa, en modo condicional, en versión “confíe”. El chorreo, ese viejo conocido que siempre está por venir, pero rara vez llega con la puntualidad de los impuestos que sí se cobran.
Aquí no hay magia, hay una apuesta. El Estado renuncia a recaudar hoy con la esperanza de que mañana el crecimiento haga el trabajo. ¿El detalle? No hay condiciones. No hay metas de empleo, ni compromisos de inversión, ni exigencias mínimas. Solo fe en que quienes reciben el beneficio decidirán, por iniciativa propia, traducirlo en bienestar colectivo. Una fe que, curiosamente, nunca se exige cuando el contribuyente común se atrasa un día.
Mientras tanto, las señales concretas no apuntan precisamente a equilibrar la balanza. Se congela la expansión de la gratuidad, se abre una puerta de entrada bastante cómoda para capitales que nunca se molestaron en participar del sistema y se activan incentivos que calzan mejor con ciertos sectores que con la urgencia de las familias afectadas. Reconstrucción, sí… pero con lista preferencial.
Entonces conviene dejar de lado el discurso épico y hacer la pregunta incómoda: ¿quién gana hoy? Porque aquí hay ganadores inmediatos y beneficiarios eventuales. Y en política económica, los “eventuales” suelen ser los mismos de siempre: los que esperan.
Si el modelo funciona, habrá conferencia de prensa y cifras para mostrar. Si no funciona, no habrá devolución. El costo ya estará internalizado: menos recursos fiscales, menos margen para política pública y más presión sobre quienes nunca estuvieron en la primera fila de beneficios. Porque cuando la apuesta falla, no fallan todos por igual.
Claro que Chile necesita crecer. Pero también necesita algo más básico: coherencia entre el discurso y las prioridades. Porque reconstruir no es repetir un concepto en cadena nacional. Es decidir, sin rodeos, quién se levanta primero. Y por ahora, la respuesta parece bastante evidente… aunque no se diga en voz alta.









