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martes, 6 diciembre, 2022

Romance lejano de un hombre y su Mar

Carta de Hugo León Morales, Artista Plástico y Medalla Andre Bresson 2022

Su entusiasmo no tenía paragón. Se levantaba antes que el sol, una ducha larga y con actitud minuciosa se hacía cargo de su cuerpo, verificaba frente al espejo que su afeite fuese impecable y el corte de sus uñas irreprochable. Sus dientes eran de un blanco reluciente lo que le daba un toque misterioso a una sonrisa llena de alegría. Se calzaba un traje de baño pantalón a media pierna y una camisa gris claro adornada de hojas de otoño de color verde inglés, holgada, en seda Kawamata.

Cubría su piel con un perfume eco de musgos y algas, con un toque de vainilla, un olor discreto, pero penetrante. Sus sandalias de cáñamo fino permitían que sus pasos dejaran una impresión efímera en su recorrido del borde de la playa. Su acto de pleitesía hacia el mar era un ritual profundo, llevaba en sus latidos el síncope secreto del ritmo de las ondas, ese momento en que la danza de las olas es, a sus ojos, la orilla del ruedo de una falda de mujer que se hace transparente para transformarse en sonido, llamado, acorde hasta llegar al grito contenido que irrumpe sobre la planicie de la playa.

Jugaba con las conchas que estaban dispersas sobre el ocio blanquecino de la arena, amaba lo pliegues forjados por el tiempo en cada caracola. Extasiado las veía contornearse bajo la caricia dulce de la espuma. Su alegría desbordaba su entendimiento, se amaba tanto que ahora podía amar la mar. Podía donar sus pensamientos, ir más allá de sus metas personales, podía dejarse penetrar, abandonarse en un “sin lugar” estando plenamente allí.

Cerrados los ojos, se puso de pie y se quitó la camisa, la ordenó dejándola en una posición humana, esa de los brazos abiertos, en medio del pecho de manera simétrica dejó las sandalias y se adentró en la mar, sus pies sentían el agua tierna entrelazarse con sus dedos, la sensación de entrega se hacía océano a cada paso, a cada nado sentía a su amada tomar su cuerpo, su pecho, sus piernas, sus axilas y llevarlo hasta los primeros momentos de su gestación. A pocos metros de aquel lugar.

Llegado el momento, se disolvió con ella hasta ser sólo tinta azul, horizonte. Hasta el punto supremo de fundir su respiración con el universo vasto de convites marinos.

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