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domingo, septiembre 19, 2021

Sesenta días

“Es cierto, a ratos la labor de los constituyentes no tuvo nada que ver con aquello para lo cual habían sido elegidos, pero esto es la consecuencia obvia de la crisis política que nos aqueja por años y que se traduce en dolores no abordados, cuentas pendientes y un sinnúmero de falacias repetidas como mantra cada vez que se habla del adversario”, Víctor Toloza Jiménez, Comunicaciones y Admisión UCN

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La instalación de los constituyentes, encargados de la elaboración de una nueva Constitución Política para el país, ha registrado varios episodios que han causado sorpresa, molestia y polémica. A modo de ejemplo: el uso del mapudungun, lenguaje inclusivo, uso de vestimentas tradicionales, disfraces, dificultades de alimentación, dietas, pago de asesores, votaciones, mociones de censura, solo por nombrar algunos.

A ratos, las críticas desde fuera han sido feroces y hasta cierto punto comprensibles… Sin embargo, habrá que tener paciencia. A lo menos por sesenta días.

Ciertamente, los fenómenos pueden leerse o interpretarse desde distintas disciplinas y un desarrollo histórico como el que nos convoca tiene ángulos tan complejos que tal aproximación no es solo cuestión de juego intelectual, sino una necesidad capital para acercarse de mejor manera a este momento tan determinante.

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Lo primero que convendría reconocer es que la Convención Constituyente muestra una heterogeneidad inédita para cualquier instancia formal de nuestro país. Nunca habíamos contado con una expresión de diversidad de tal nivel, jamás. Ni en el Congreso y menos en el gobierno u otros poderes del Estado, y eso implica una potencia y fuerza inmensa que debe aceptarse y a partir de allí saber autogestionar, lo que no es nada sencillo.

Por cierto, esta riqueza no implica un valor en sí mismo, por lo que los riesgos están siempre presentes: de la pluralidad a la anarquía puede haber pocos pasos en determinadas condiciones.

En tal perspectiva, es probable que no sea ni la gestión política, ni la economía u otra dimensión tradicional, el espacio desde el cual pueda calibrarse mejor el instante actual, el presente, del trabajo de los 155 constituyentes. La siquiatría, y no por una cuestión de demencia, podría facilitar la comprensión de este momento, a ratos ajeno, en el que la diversidad nacional se ve enfrentada a un mismo espacio con el fin de negociar para elaborar el mayor de los textos rectores del Estado.

Si observamos pugnas, ataques, dichos a veces cargados de un odio que parece irracional, ello debería leerse como la manifestación de la crisis de un país que fue compartimentándose en tribus de distinto corte y objetivos, y sin el cemento social y borde que dispusieron las instituciones durante largas décadas.

Es cierto, a ratos la labor de los constituyentes no tuvo nada que ver con aquello para lo cual habían sido elegidos, pero esto es la consecuencia obvia de lo anterior, precisamente de la crisis política que nos aqueja por años y que se traduce en dolores no abordados, cuentas pendientes y un sinnúmero de falacias repetidas como mantra cada vez que se habla del adversario.

Habrá que aceptar que tampoco es un trabajo cualquiera, bien pudiera ser visto incluso como un proceso de sanación y de encuentro nacional entre grupos -y esto debe enfatizarse- que nunca tuvieron la oportunidad de conversar, por lo que su escaso conocimiento mutuo está contaminado por los mitos y la desconfianza.

Por ello, sesenta días parece un plazo prudente, hasta el hartazgo, para que al menos vean sus rostros, aprendan el nombre de aquel o aquella que está en la otra vereda, se inviten un café, se interroguen acerca de sus familias, hijos, padres, cumpleaños, separaciones y dolores, y así generen un mínimo de complicidad… Hasta que dejen de verse como enemigos, sino como simples seres humanos y habitantes de este país llamado Chile.

Tendrán que hablarse, tocarse, decirse y aprender que no hay verdades, sino solo interpretaciones de los hechos, válidas todas, cuestionables, porque de eso se trata la democracia, que apenas exige abandonar la violencia.

Reconociendo la emocionalidad que aflora, se trata de un cuadro altamente racional, tanto para los constituyentes, como para nosotros, quienes los observamos.

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